James Watkins convierte al villano de Batman en protagonista de una película de body horror con escenas extremas, una transformación inquietante y una historia que te dejará con ganas de más.
El universo de DC continúa en expansión con Clayface, una película que deja de lado a los superhéroes tradicionales para sumergirse en el body horror, las deformaciones físicas y la caída de un hombre que está dispuesto a todo para recuperar la vida que perdió. Bajo la conducción de James Watkins, responsable de Eden Lake y No hables con extraños, la cinta se centra entre el gore y las perturbadoras transformaciones como principales fortalezas.
Con Tom Rhys Harries y Naomi Ackie al frente del reparto, la producción nos muestra a uno de los villanos menos explorados del universo de Batman y le construye una historia que transita de forma independiente, sin exigirle al espectador conocimientos previos sobre los cómics ni convertir la película en una pieza obligatoria para comprender el resto del universo cinematográfico de DC.
¿De qué va la cinta?
Matt Hagen (Harries) es un actor en auge. Tras una infancia difícil, se abrió camino en Hollywood y obtuvo el status de “estrella”. Su primera nominación al Oscar parece confirmar que alcanzó el lugar que siempre soñó, pero una decisión impulsiva termina destruyendo su futuro.
Durante una salida junto a su amigo Corey (Joshua James), Matt se involucra con Mia Torrez (Joana Ribeiro) una mujer vinculada a Markos Szabo (David Dencik), un mafioso que controla varios puntos claves de Gotham. La represalia es brutal: su rostro queda desfigurado y, con él, desaparecen su estrellato formado, su prestigio y casi todo su dinero. Desesperado por recuperar su apariencia, termina recurriendo a la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una científica que trabaja en una tecnología experimental capaz de regenerar tejidos.
El tratamiento parece milagroso al principio, pero sus resultados son impredecibles. La piel de Matt comienza a deformarse, su rostro pierde estabilidad y su cuerpo desarrolla capacidades que escapan al control de la científica. Lo que empieza como una búsqueda desesperada por recuperar su identidad se transforma progresivamente en una pesadilla física y psicológica, que consume al protagonista y a todos a su alrededor.
Las escenas extremas le dan el toque
Cuando la producción se concentra en el cuerpo de Matt y en las consecuencias del tratamiento que poco lo termina ayudando, demuestra de qué es capaz. La película no se conforma con sugerir las deformaciones: muestra cortes, piel que se estira, tejidos que se modifican y rostros que dejan de responder a la voluntad de su dueño. Es un terror físico, incómodo y deliberadamente desagradable para la vista del espectador acostumbrado a otras producciones de DC.
Watkins encuentra sus mejores momentos en esas secuencias en las que el protagonista intenta controlar una transformación que amenaza con consumirlo. Una escena a bordo de un avión, en la que Matt lucha contra la piel que comienza a cubrirle los ojos mientras las turbulencias complican cada movimiento, reune gran parte de las virtudes de la cinta: tensión, impacto visual y una crueldad que obliga a mirar la pantalla entre los dedos.
También se incluye el relato desde la venganza. Se construyen situaciones grotescas y se juega con la identidad de quienes lo rodean, hasta llegar a una secuencia nocturna que aprovecha el cambio de rostros para multiplicar la violencia y la confusión. Clayface abraza sin complejos su costado más desquiciado y encuentra una energía que no siempre mantiene durante el resto del guion. Watkins entiende que el horror de este personaje no depende únicamente de convertirlo en una criatura monstruosa, sino de mostrar cómo un cuerpo aparentemente normal puede transformarse en algo irreconocible.
Un monstruo que pierde fuerza cuando la historia necesita avanzar
El problema yace cuando la película quiere ir más allá de su propuesta de terror. La primera parte construye con cierta paciencia la desesperación de Matt, su necesidad de recuperar el rostro perdido y la relación que establece con Caitlyn. Esa dimensión permite observar al personaje como una víctima de las circunstancias, alguien que todavía conserva una parte de su humanidad mientras se enfrenta a una transformación que no comprende.

La relación entre ambos también introduce un componente romántico y trágico. Matt encuentra en la científica una posible salvación, mientras que ella ve en su paciente una oportunidad para demostrar el valor de una investigación que hasta entonces había quedado relegada. Sin embargo, la atracción entre ellos complica el vínculo y suma una tensión que la película no termina de desarrollar con la profundidad necesaria.
A medida que Matt descubre nuevas capacidades y comienza a utilizarlas para vengarse de quienes lo perjudicaron, la película abandona parte de las reglas que había establecido. Las transformaciones se vuelven cada vez más impredecibles y, en algunos pasajes, parecen responder más a las necesidades de la acción que a una lógica interna. El resultado es una segunda mitad menos consistente, en la que los trucos visuales y las escenas violentas ocupan el lugar que podría haber tenido un desarrollo más complejo del protagonista.
La corrupción de Gotham mostrada a través de la visión del detective, la persecución policial entre las diversas víctimas y los conflictos personales de Caitlyn aportan elementos interesantes, pero ninguno termina de adquirir el peso suficiente para enriquecer de manera decisiva el conflicto central.
Una apuesta diferente para DC
Uno de los mayores aciertos de Clayface es su decisión de funcionar como una historia independiente. Batman no necesita aparecer para que el relato encuentre su lugar en Gotham, y la película tampoco depende de una sucesión de referencias o conexiones con otros proyectos del universo DC. Su apuesta consiste en explorar a un villano desde una perspectiva distinta, con las herramientas del cine de terror y una historia centrada en el deterioro físico y emocional.
También hay una lectura posible sobre la obsesión de la industria del entretenimiento con la belleza, la apariencia y la imagen pública. Matt pierde su lugar cuando deja de responder al ideal físico que lo convirtió en una estrella. Su transformación lleva esa lógica al extremo: el rostro que antes le abría todas las puertas se convierte en una prisión, y su necesidad de recuperar el aspecto original termina empujándolo hacia una identidad monstruosa.
La película no profundiza demasiado en esas ideas, pero su premisa permite que aparezcan sin necesidad de convertir el relato en una sátira explícita. En ese sentido, su enfoque resulta más interesante cuando deja que el horror hable por sí mismo.

Clayface está lejos de ser una película extraordinaria. Su guion no siempre consigue acompañar la potencia de sus imágenes, algunos personajes quedan atrapados en funciones demasiado evidentes y la historia pierde consistencia cuando el protagonista comienza a explotar sus habilidades. Pero sus mejores secuencias ofrecen algo distinto dentro del cine de superhéroes: una experiencia física, desagradable y por momentos genuinamente perturbadora.
Calificación: 7/10. Llegó a los cines este 22 de octubre.








































