Se dice que las segundas partes nunca son buenas, en ese escenario Ozark vendría a ser la excepción de la regla, tanto en segundas como en terceras, porque la última temporada de la serie de Netflix viene más electrizante que nunca y no da lugar a respiro. 

La producción, considerada como la sucesora de Breaking Bad, viene manteniendo un altísimo y sorprendente nivel en sus últimas dos entregas. La evolución del entramado criminal en el que se ve inmerso el matrimonio de los Byrde (interpretados por Jason Bateman y Laura Linney) va evolucionando capítulo a capítulo de manera tan natural que es difícil pensar qué decisiones fueron acertadas y cuáles podrían haberse evitado, para no llegar al lugar que ocupan hoy. 

Quizás deberíamos retrotraernos hasta el 21 de julio de 2017 y rogarle a Marty Byrde que renuncie a esa sociedad condenada al caos antes que todo explote. Otra opción habría sido quitarse la vida, idea con la que lo vimos fantasear alguna vez. Pero a partir de ahí todo se sucede, hecho tras hecho, consecuentemente y bajo una premisa inamovible del mundo del hampa (al menos en los relatos de ficción): “Nadie renuncia a la mafia”, es cumplir o morir. Y es entre esas dos opciones que viene tambaleando Marty hace dos temporadas.

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Sin embargo, y a pesar de que la idea de muerte dispara el drama, siempre estuvo latente, en algún lado de todo el relato (maravillosamente construido) la posibilidad de un punto final, un plan que les permita salirse del negocio, sin sufrir consecuencias mortales. Este pequeño ápice de esperanza, es lo que mantuvo hasta ahora a Marty ideando planes, conjeturando alianzas y asegurando la funcionalidad autómata del sistema, no sólo entre la dinámica de la relación con Navarro (Felix Solis), sino con la seguridad (física y psicológica) de su familia, permitiendo así, cumplir el objetivo principal, lavar dinero, y salvaguardar el entramado que lo constituye. 

 Esa es quizás la única objeción al accionar de Marty que puede ponerse en juicio, pero ¿cómo criticar un impulso basado en la misma idea de supervivencia? Otra vez volvemos a lo mismo: Ozark funciona porque muestra una lógica funcional dentro una espiral absorbente de la que nadie puede escapar, porque está construida de decisiones lógicas e imposiciones indiscutibles. Es como mover los brazos en medio de arenas movedizas, está mal, pero es imposible no hacerlo.

La tercera temporada viene a romper con todo eso. La sucesión sin respiros de eventos contraproducentes, ahogan. Nada ni nadie tiene inmunidad, ni personajes primarios ni secundarios. Esa idea de trasfondo que nos dejaba descansar en la idea de que pasara lo que pasara los Byrde iban a estar bien, desaparece por completo y eso se traduce en 10 episodios al borde del colapso nervioso. 

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Las cosas salen mal, las cosas ya no son cosas, lo malo ya no es malo, es cotidiano. Cada pequeño movimiento, ese aletear de una mariposa que puede producir un huracán en Japón, produce 10 y es devastante. 

Gran parte de la temporada tiene como tema transversal la expansión del negocio mediante la adquisición de un nuevo casino. Una idea de Wendy para (otra vez haciendo eco de ese ápice de esperanza) asegurar un futuro, tanto para ellos como para Navarro, en caso de que la guerra que se está librando con el cartel de Lagunas salga mal. Pero en Ozark nada es tan simple, quisiéramos que lo fuera, de verdad que si, pero no lo es y cada episodio estresa más que el anterior. 

Se acrecientan los conflictos dentro del matrimonio. Además, la llegada del hermano de Wendy y la constante persecución por parte del FBI, hacen las cosas incluso más difíciles. Los Byrde están cada vez más sumergidos dentro del sistema del que intentan escapar, pero comienzan a comportarse de acuerdo al mismo. ¿Cual es la línea entre ser un oprimido que intenta sobrevivir y comenzar a oprimir a la par? Es muy difícil delimitarla cuando la vida de todas las personas que te importan están en juego, de eso se trata esta tercera temporada de la serie creada por Bill Dubuque.

La cuestión acá es comenzar a entender que ciertas cosas son inevitables, todo (incluso lo peor) va a terminar sucediendo tarde o temprano. A raíz de eso la tensión no hace más que ir en aumento: ¿Llegó su hora? ¿Alguien está a salvo? Todo sucede en un frenesí sin respiro que alcanza a todos y todas, hasta explotar en un final increíble, no solo por lo inesperado, sino por lo impactante. 

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Por todo esto, nos arriesgamos a decir que Ozark alcanza su mayor nivel desde que comenzara hace unos años. Esta tercera temporada supera con creces los conflictos expuestos creando nuevos y llevando a los límites más peligrosos los que vienen arrastrando desde el principio, pero intervenidos por personajes mucho más maduros y constituidos dentro del engranaje criminal que sostienen y eso es parte del gran acierto de la serie. A pesar de todo, y sin importar qué inconvenientes pueden aparecer, el lavado de dinero no puede detenerse bajo ningún concepto o habrá consecuencias. Ahora solo resta esperar que tan lejos es capaz de llegar la familia Byrde para sobrevivir. 

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La tercera temporada ya está disponible para ver en Netflix desde el 27 de marzo, y si bien todavía no hubo ninguna confirmación por parte de la plataforma sobre si tendrá o no una cuarta entrega, el final exige una continuación asegurada. Por otra parte, durante un panel en la Conferencia Mundial de Milken en Beverly Hills, Chris Mundy (showrunner de la serie), dijo que siempre imaginó la historia a lo largo de cinco temporadas, pero que podrían tanto ser tres como siete. 

Resta esperar a que se haga el anuncio oficial (que suele hacerse un par de meses después del estreno de temporada normalmente), siempre considerando que es posible que la producción, en caso de ser confirmada, se retrase un poco, como le está sucediendo a toda la industria por la pandemia del coronavirus. 

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