Lejos de otra película bélica dicotómica, Nuremberg: el juicio del siglo, el nuevo film de Rami Malek y Russell Crowe pregunta qué tan lejos quedó el nazismo.
Pochoclera y a tono con los recientes acontecimientos, “Nuremberg: el juicio del siglo” vuelve a contar una historia de la tan documentada Segunda Guerra Mundial. Pero esta vez lo hace desde una de las historias que tranquilamente podría ser un cuento corto y, para nosotros, alcanza a ser un largometraje de dos horas y media.
Fuera de la situación geopolítica actual, y el claro posicionamiento de un sector de Hollywood sobre Gaza y la postura de Estados Unidos, el estreno de la película no es parte de un plan elaborado para dar un mensaje particular. Más bien, es una reflexión que podía dispararse luego de Nuremberg 1946, la Unión Soviética en 1953 o Argentina 1985. Los crímenes de lesa humanidad no los comente el diablo. Los cometen personas con total conciencia de sus actos.
“Nuremberg: el juicio del siglo”, es un film para ver en el cine. No porque se repose sobre grandes recursos cinematográficos que necesitan de todos los artilugios de una sala para ser reconocidos. Sino porque se vuelve imprescindible no perderse un segundo de la dinámica entre Russell Crowe y Rami Malek.
Entendiendo la psicología Nazi
La película sigue la historia de Douglas Kelly (Rami Malek), un psiquiatra del ejército que busca aprovechar su lugar para desarrollar una teoría sobre la psicología de los nazis. Si bien su rol era evitar que los acusados se suicidaran antes del juicio, Kelly quería trascender como el doctor que traería la solución para evitar otro genocidio.

Su objetivo directo pasa a ser Hermann Göring (Russell Crowe), tercer hombre de Hitler y el único sobreviviente del alto mando nazi. El jerarca también tenía su agenda propia: evitar la pena de muerte desconociendo su rol en “la solución final” y retomar su lugar como el líder de la Alemania posguerra. Eso sí, tenía que ser sin traicionar a Hitler.
Mi aliado no es mi amigo
Lejos de ser una guerra psicológica entre un estratega y un psiquiatra, el vínculo entre Kelly y Göring se difumina hacia una extraña relación, peligrosamente cercano a una amistad. El psiquiatra se acerca a su familia (hasta ayudándolos a intercambiar correspondencia), juega a las cartas y hasta le enseña un truco de magia.
Este vínculo solo se tensiona por aristas propias del juicio. Es tal la cercanía de Kelly que el ejército trae a otro médico para que lo vigile.
El final indisimulable
Antes del clímax, como acto final previo a la acelerada resolución del conflicto, se produce el quiebre definitivo entre Göring y Kelly. Tras ver las imágenes del genocidio en los campos de concentración, el psiquiatra-quien no puede ver la totalidad del informe preparado por los fiscales- confronta al jerarca alemán, quien finalmente se sincera sobre su plan.

La frustración de Kelly se vuelve a exteriorizar en una pelea con su colega y con su exabrupto, en el cual se emborracha y le cuenta todo el tratamiento de Göring a una periodista. Con aquella nota, es dado de baja del ejército.
La segunda vuelta del guion
Algunas de las películas actuales suelen tener la tendencia de explicitar su mensaje. En el caso de “Nuremberg: el juicio del siglo”, la película señala tres veces su conclusión de manera inequívoca.
Una en voz de Howie, el soldado alemán y judió del ejército estadounidense. Con Kelly gritando borracho que “podría haber nazis en USA”. Y con la típica frase histórica que sintetiza la moraleja de esta historia:
El trabajo del diablo inicia cuando el propio diablo es aceptado por la gente “común”.





































