La nueva temporada de Westworld llegó a la pantalla de HBO y trajo, al menos a simple vista, una trama menos compleja que la laberíntica segunda entrega, pero con mucha más acción, velocidad y disparos.

De más está decir que si no viste las primeras dos temporadas de Westworld, no sigas leyendo, ya que la nota está repleta de spoilers de las entregas anteriores.

¿Qué fue de aquel mundo ambientado en el Lejano Oeste? ¿Dónde quedaron los enigmas narrativos de androides violentos disfrazados de campesinos y vaqueros? La tercera temporada de la serie distópica de HBO se aleja mucho de sus raíces y nos deja la noción de la palabra “Westworld” como una metáfora simbólica de lo que alguna vez fue la opresión de las máquinas (si es que eso puede existir como tal) y la matanza como evento traumático, pero ya casi sin relevancia tangible sobre la historia. 


Esto no es ni malo ni bueno, o puede ser las dos cosas a la vez, dependiendo la exigencia del espectador. Si bien es muy pronto para hablar sobre el desarrollo de las diferentes historias, en un primer vistazo queda claro que los intrincados giros que hacían de cada episodio de la segunda temporada un teorema difícil de resolver, fueron sustituidos por historias más directas. Esto puede ser una decepción para los puristas de la serie, sin embargo, ayuda a mantener un orden lógico, que no obligue al espectador a especular y dudar sobre su nivel de comprensión. 

No es solo la complejidad lo que bajó el ritmo, sino también el número de historias centrales que, a diferencia de las temporadas anteriores, donde las tramas divergían entre líneas temporales cargadas de protagonistas, acá pareces resumirse a cuatro, al menos en un principio. 

Por un lado tenemos a Dolores (Evan Rachel Wood), convertida en una especie de primera etapa de la Lucy de Luc Besson, con una conciencia total sobre sus capacidades y sumergida por completo en el mundo real. Esta nueva versión está decidida a derribar la corporación Delos a toda costa. Su historia nos adentra en aquellas incógnitas que nos dejaron las conversaciones entre Bernard y Charlotte en la segunda temporada, sobre el verdadero funcionamiento de la corporación y sus juegos de poder.  

Bernard (Jeffrey Wright), también en el mundo real, busca pasar desapercibido y volver a ser el humano que nunca fue, aunque la sombra de Westworld le sigue los pasos, obligándolo a aceptar su identidad. 

Uno de los personajes nuevos que nos presentan en el primer episodio es Caleb, interpretado por Aaron Paul (Breaking Bad, Bojack Horseman), un ex marine norteamericano que, traumado por sus acciones, deambula por la delincuencia cibernética, aunque busca redimirse y reinsertarse en la sociedad, intentando conseguir un trabajo estable que le dé esa sensación de seguridad que al parecer perdió hace rato. Su camino se cruzará con el de dolores. Caleb representa la mirada humana, virgen de Westworld, que aporta el costado menos contaminado por la inteligencia artificial de Delos y su guerra de poder. 

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Por último, tenemos a Maeve (Thandie Newton), al parecer la única que aún continúa en el mundo de los parques, pero todo indica que no se tratará de Westworld. 

Esta simplificación de tramas paralelas, también ayuda a enfocarse más en sus desarrollos, y no perderse entre los laberintos conceptuales a los que la serie nos tenía acostumbrados y que fueron motivo de varias críticas durante su emisión. De esta manera HBO busca encontrar un punto medio, donde no se pierda la esencia de la serie, pero tampoco termine por espantar a los espectadores menos rebuscados. 

Quizás el cambio más radical es el desarrollo casi por completo fuera del parque y dentro del “mundo real”.  

Por primera vez vemos en profundidad el distópico Neo Los Ángeles de 2058 creado por los showrunners Jonathan Nolan (Person of Interest) y Lisa Joy (Burn Notice, Pushing Daisies). Este nuevo escenario, donde podría desarrollarse cualquier episodio de Black Mirror, libera por completo a los personajes de sus personalidades programadas dentro de la dinámica del lejano oeste y donde más lo vemos es en Dolores. 

Si bien su transformación durante la segunda temporada nos fue revelando su ¿verdadera? naturaleza y estatus de líder de la rebelión de las máquinas, esta nueva versión sofisticada y elegante, se mueve en el mundo futurista como si aquel inocente anfitrión que todos conocimos nunca hubiera existido. Ese crecimiento es tan abrumador como fantástico que, por momentos, nos hace olvidar que estamos frente a la respuesta y consecuencia a todo ese engranaje complejo que fueron las temporadas anteriores. 

Esta nueva versión parece dejar de lado la furia violenta de una Dolores caótica, para brindarnos una estratega silenciosa, que va metiéndose de a poco con trabajos de espionaje y seducción, muy alejada de la que conocíamos hasta ahora, hay algo de nostalgia por la pérdida del clima farwest que, si bien la historia no parece más que evolucionar y seguir un curso lógico (que terminara algún día con el dominio completo de las máquinas sobre la raza humana o con la destrucción del mundo, desembarcando en el futuro apocalíptico donde John Connor liderará la resistencia contra los Terminators), por momentos es muy difícil ubicarse en el lugar de donde venimos.

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“El libre albedrío no es tan libre” 

(Atención: el siguiente párrafo contiene posibles spoilers basados en análisis)

El slogan de esta nueva entrega “El libre albedrío no es tan libre”, da mucho para analizar y es quizás el mayor spoiler de toda la temporada, aunque nosotros mismos esperamos que no sea así. Por esto, avisamos que pueden saltear el resto de este párrafo si no quieren entrar en conjeturas apresuradas que haremos a continuación. Ahora si, estamos en un mundo futurista donde varias de las máquinas parecen gozar de una completa y merecida libertad, aunque el slogan sugiera lo contrario, pero… ¿qué sucedería si “el mundo real” fuera otro parque temático de Delos ambientado en un mundo totalmente futurista? Recordemos que Westworld está basada en la película homónima de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton. Su secuela, estrenada en 1976, nos muestra a Futureland, un parque temático, ambientado en el futuro, producto de la reconstrucción de Westworld. Si bien, las tramas son diferentes, la serie basa su historia en la de los 70 y no sería extraño que decida continuar “inspirándose” en su secuela. La libertad de Dolores, Bernard y las demás máquinas podría llegar a ser nada más y nada menos que otro algoritmo de la corporación, abriendo dos posibles escenarios. Por un lado, Caleb y los demás humanos que vemos podrían ser los nuevos visitantes, y por el otro, podrían ser los anfitriones del parque, con la diferencia que los visitantes en este caso serían los androides de Westworld creyendo estar en el mundo real, lo que llevaría la experiencia a su máxima expresión. Para terminar de conjeturar, esto podría significar que la época actual no fuera 2058, sino el actual año 2020. Si esto llega a ser así, nosotros seríamos los primeros decepcionados, ya que el mismo slogan de esta tercera temporada sería el culpable de spoilear toda la trama de una de las series que más estábamos esperando. Ojalá que estemos equivocados.

Esta nueva temporada propone un formato completamente nuevo, más directo y lleno de acción, con las calles futuristas y la tecnología de vanguardia de trasfondo, pero sin perder los giros narrativos, las revelaciones inesperadas y la oscuridad filosófica sobre el planteo de qué tan lejos puede llegar la tecnología en un mundo que empezó como el nuestro y podría terminar como el de Westworld. Y, sobre todo, no deja de plantear la misma interrogante que viene sembrando desde la primera temporada: “¿Qué tan nuestras son nuestras propias decisiones?”

Podes ver cada episodio estreno los domingos a las 22 horas por HBO y HBO GO y a su final continuar el análisis completo con el podcast oficial de Westworld. Además no se pierdan la escena post créditos después del primer episodio. 

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