Gaspar Noé se ha convertido en un residente del Festival de Sitges. Este año se ha presentado con un mediometraje que ha creado una gran expectación, dado su recorrido por el festival y, en especial, por haber sido galardonado con el premio a la mejor película por Clímax, en la edición del año anterior.

Lux Aeterna empieza con una conversación sobre la quema de brujas en la antigüedad, entre una directora de cine, que anteriormente había sido actriz, y una de las actrices de la película que están rodando. Nadie del equipo soporta a la directora ni su manera de trabajar. El ambiente del rodaje se va caldeando hasta que en cierto momento las luces fallan, siendo la gota que colma el vaso para que estalle la locura en el plató.

Clímax resultó ser una película brillante donde Gaspar Noé conseguía incomodar y a la vez entusiasmar hasta al último espectador de la sala, gracias a la cohesión entre el guión y el tratamiento técnico de la imagen, como los movimientos delirantes de la cámara y una dirección de fotografía psicodélica. Pero todo ello tenía un sentido y una justificación. En Lux Aeterna parece Noé que haya hecho un collage de los recursos que caracterizan su cine, pero sin ton ni son.

Noé es un personaje al que quieres o al que odias, y lo mismo pasa con sus películas. Muchos de sus admiradores son incondicionales, le siguen ciegamente el rollo y lo alaban en todo lo que hace. Quizás no se dan cuenta de que, con esta actitud de no exigirle un plus a su talento lo están avalando para que se recree solamente en lo estético y que nos cuele cualquier cosa, como en el caso de Lux Aeterna.

Si tuviera que salvar algo del metraje sería el recurso interesante de utilizar la pantalla partida para contar las diferentes historias que ocurren en el plató, que acaba desencadenando y reforzando el final de locura. Quizás hubiera dado resultado, si la historia tuviera algún propósito, más allá del de provocar al espectador.

Noé dice abiertamente que Lux Aeterna era un mediometraje sin guión, casi todo fruto de la improvisación. Seguramente por eso la trama es casi inexistente, no hay ningún mensaje que pueda mínimamente intuirse, ni definición de los personajes. En la rueda de prensa tampoco quedó claro si Noé se siente satisfecho con lo conseguido, o no. Ante la falta de claridad de sus intenciones, cabe pensar que como no ha sabido incomodar suficientemente al espectador, haya decidido atacar sus sentidos en el último tramo del film, con el juego trepidante de la pantalla partida en tres, de unas luces en cada una de ellas que invitan al ataque epiléptico, y que van unidas a un pitido estridente y constante que estalla en el cerebro.

En definitiva, Noé, que nos ha regalado grandes películas, sobretodo por tener un método y visión muy creativos, únicos, característicos y sorprendentes, con Lux Aeterna ha utilizado su arte para conseguir una parodia mala de sí mismo.

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