Leos Carax dirige una febril fantasía sobre las identidades que asumimos todos los días, en un viaje surreal en la vida de un grupo de personas que son todas las personas y que a la vez, no son nadie.

Son las calles de París, pero pueden ser las calles de cualquier ciudad del mundo. Limusinas blancas que van de aquí para allá: un conductor y un pasajero. No son transportes de la opulencia, de los verdaderos dueños del mundo, pero tal vez si lo son. Pero aquí no se mueve un personaje como Eric Packer, el multimillonario de Cosmopolis de David Cronenberg, no. El ocupante es otra cosa. Es muchas cosas a decir verdad. Y es que Holy Motor de Leos Carax no es una, ni dos, sino mil cosas al mismo tiempo: un tour de forcé surreal a través de una ciudad donde nadie dice que es y la verdadera identidad se pierde en un mar de máscaras.

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 Oscar, el protagonista, viaja en una limusina que es también un inmenso camarín, donde asume distintas personalidades. Es un homeless pidiendo limosna en una plaza y al rato es un mafioso ajusticiando gente, o un millonario en su lecho de muerte, o un actor de captura de movimientos atrapado en una danza sexual de serpientes. La clave en Holy Motor es la aceptación total del surrealismo en el que está empapada. Actores, entidades o vaya a saber uno qué, atrapados en un ciclo sin fin de muerte y resurrección, mientras sus memorias se funden con la ficción, presentándose ante un público invisible y ominoso que parece vivir superpuesto a los habitantes de la ciudad.

 El trabajo de Denis Levant, entrando y saliendo de cada una de las personalidades, algunas con una amabilidad palpable, serenos y civilizados, abriéndonos el corazón a sus vidas mundanas con las que uno se puede identificar perfectamente, otras donde se vive al límite, en un mundo de violencia y derramamiento de sangre donde la vida del otro no vale nada y finalmente, algunas tan excéntricas y delirantes que parecen salidas del sueño febril de un poeta moribundo y lo hace con tanta facilidad, y con una simpleza que se traduce al espectador, que en unos segundos se convence de que el mendigo ahora es un hitman para convertirse en una especie de duende monstruoso de las alcantarillas.

 Confrontado con múltiples vidas y las posibilidades que surgen de cada una de ellas, atravesando violencia, soledad, miseria, ternura, inocencia, Oscar se metamorfosea cada vez que sale de su limusina, en un día de trabajo cualquiera. ¿Quiénes son las personas que conocemos? ¿Son solo eso? ¿Cuál es su verdadero rostro? Para una película filmada en 2011, donde todavía no ostentábamos las miles de identidades que vivimos en las redes sociales, donde atravesamos un sinnúmero de emociones contradictorias día a día, Holy Motors, a pesar de su fantasía desbordada, fue un oscuro presagio de las vidas que llevaríamos en nuestra vida, un sinnúmero de rostros, actuando para un público invisible, en las calles de cualquier ciudad del mundo.

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