Greta Gerwig lo hizo otra vez. Luego de su aclamada Lady Bird, la directora estadounidense lleva a la pantalla grande esta nueva versión del libro de Louisa May Alcott, rebosante de frescura y actualidad.

¿Cuáles serían los condicionantes o aditivos que transforman a una obra en un verdadero clásico? Es precisamente el público o la audiencia aquel grupo de individuos que contempla el arte en su infinidad de manifestaciones y formatos y que sin mantenerse estático u homogéneo, pasados 152 largos años desde la publicación de Mujercitas, continúa eligiendo a la novela como un clásico indiscutible dentro de la literatura universal.

Cierto también es que -en casos concretos- algunos cineastas parecieran vaciados de contenidos y terminan reincidiendo en obras de importante renombre para poder engrosar su currículum y otorgarse mayor difusión o trascendencia. Pero la responsable de esta última adaptación cinematográfica se encuentra -afortunadamente- en las antípodas de este proceso: Greta Gerwig, una de las directoras modernas con mayor proyección a futuro y ductilidad artística.

Por empezar es necesario socavar acerca de los orígenes de la novela publicada en 1868, que nace de la sagacidad de la pluma de Louisa May Alcott  y que se basó en sus propias experiencias personales en familia y comunidad, logrando consagrarse como un éxito editorial. Uno de los objetivos de su autora era poder aportar un ingreso generoso a la precaria situación económica que afectaba a todos los Alcott. Ella era la segunda de cuatro hermanas (como su álter ego ficcional Jo March) y renegaba de los mandatos impuestos por una sociedad decimonónica que oprimía incesantemente los deseos de emancipación de la mujer.

Al igual que los integrantes de la familia March, los padres de Louisa también fueron personas que militaron por causas liberales y revolucionarias para la época: tales como la abolición de la esclavitud o la exhaustiva defensa del sufragio femenino. Los Alcott llegaron a mudarse más de treinta veces y pasaron hambre y necesidades varias. Sin embargo,  esto no fue motivo suficiente para detener el ímpetu de una mujer que al interior de su casa, no sólo compartía y acompañaba la idiosincrasia de sus progenitores, sino que asimismo buscaba vivir de aquello que amaba con intensidad: la escritura.

Jo March actúa como espejo de Alcott, en sus deseos y frustraciones nos habla la propia autora acerca de las dificultades de ser mujer, en una época en donde las actividades y saberes de la misma debían reducirse al ámbito hogareño. El mayor anhelo de una joven residía en la concreción de un matrimonio ventajoso y aquellas que quedaban por fuera de esta lógica perversa, se transformaban en una especie de parias y cargas para sus padres. Alcott sostuvo hasta el final (al igual que otras escritoras célebres como Emily Dickinson, Jane Austen o las hermanas Brönte) que tales imposiciones no encajaban en su estructura de pensamiento y cerró sus ojos para siempre sin haber conocido el sentido de la vida conyugal.

Parte de todo este entramado está vigente y palpable en su mayor obra literaria: Mujercitas. La misma, publicada en 1868, narra la infancia y posterior adultez de un grupo de hermanas de bajos recursos que parecieran tener al alcance todo lo que se traduce como necesario: la calidez del amor fraternal y una existencia compartida con miembros de una comunidad localizada en Concord, Massachusetts, fascinados con la presencia de estas intrépidas adolescentes.

Si bien circula una vasta cantidad de adaptaciones cinematográficas, las más relevantes pueden reducirse a dos: la versión de 1933 dirigida por George Cukor y protagonizada por Katherine Hepburn y la película de 1994 dirigida por Gillian Armstrong y encabezada por Winona Ryder. Pero lo que vemos en la nueva adaptación de Gerwig no cuenta con precedente alguno: la sensibilidad y el aggiornamiento con que ciertas temáticas son abordadas nos acercan a una película de corte ensayístico y sello autoral, poco explorado hasta el momento.

En la voz de Jo March está Alcott y la directora que encausa esta obra. También están las voces de todas las mujeres que en cierto momento histórico padecieron las injusticias de una sociedad obtusa y limitante. Pero no por ello se transforma en un retrato de época, más bien, sugiere un efecto contrario: Mujercitas, en la versión fílmica de Greta Gerwig, excede todo condicionamiento temporal y se transforma en una proclama feminista vigente en la actualidad.

No resulta producto del azar que nuestra directora elija ciertos planos-detalle que aducen a la construcción del carácter de nuestra protagonista. Algunos ejemplos de ello pueden ser las manos de Jo manchadas de tinta o inclusive la acción deliberada de extraer de otro libro de Alcott una frase que la misma pronuncia en un momento definitorio de la película: “Las mujeres tienen mentes, además de corazón, ambición y talento, así como belleza, y estoy tan harta de que la gente diga que el amor es lo único para lo que una mujer es apta”.

Pero la grandeza de esta cinta no sólo reside en quién se encuentra detrás de cámara, sino que también se adiestra en la excelencia de su elenco. La ya devenida en actriz fetiche de Gerwig, Saoirse Ronan, cuyos talentos van en aumento año tras año, nos regala una representación descarnada y puntillosa. Los altibajos propios de un personaje que siente que está fuera del eje de su propia época y que lucha incesablemente por no ver afectado su gran amor por la escritura, son personificados por una joven actriz a la que le creemos absolutamente todo.

Jo llora en el regazo de Marmee (maravillosa Laura Dern)  para manifestarle sus miserias, los miedos que la aquejan, la falta de expectativas frente a un contexto hostil que pretende apagar la llama de sus pasiones y que le hacen reconsiderar que quizás una vida marital podría ser su única salvación. Pero Jo March cuenta con otras fortalezas además de su espíritu combativo: tiene el afecto y la fe desmedida de aquellos que la rodean, sobre todo de Beth, su hermana favorita.

El amor hacia su familia y  los valores liberales que le fueron inculcados desde temprana edad, actúan como disparadores y condicionantes para una confundida Jo, quien frente a la tragedia de una pérdida personal, logra parir su obra más importante y anecdótica, aquella que durante el desenlace final verá convertirse en materia: Mujercitas, una autobiografía que narra los amores, vicisitudes, imprudencias y posterior madurez de unas hermanas más cercanas que nunca.

Lo novedoso del relato consiste también en la acertada decisión de emplear flashbacks para narrar la historia de Jo, Beth, Meg y Amy. El presente nítido de Jo como escritora y profesora en Nueva York se bifurca y mimetiza con el pasado en Concord, con sus hermanas, su madre, la fiel Hanna y la aparición de Laurie (Timothée Chalamet), su amigo más incondicional.

La química entre Ronan y Chalamet es innegable, las escenas lúdicas de dos jóvenes que se conocen en un baile donde se ríen juntos de las tradiciones, la fascinación del personaje de Laurie por Jo, esa mujer que todo avasalla a su paso y que es motivo de deshonra  a los ojos de otros que no la comprenden y estigmatizan. Chalamet nos acerca a la intimidad de ese muchacho nostálgico y meditabundo, que teme constantemente decepcionar a aquellos que ama y que se siente obnubilado por el carácter exacerbado de su mejor amiga. Laurie desearía ser como ella, ir en búsqueda de sus sueños sin mayores condicionantes, pero no puede.  Por eso ama todo lo que la joven March representa, todo lo inalcanzable para él.

Tratamiento aparte merece el personaje de Amy, interpretado por otro talento en constante ascenso como Florence Pugh. Tuvimos el placer de conocer sus dotes actores en producciones de prestigio tales como Lady Macbeth (2017) o Midsommar (2019), pero en este caso su desafío reside en el hecho de encarnar una Amy March que oscila constantemente entre su pretensión de una vida glamorosa ausente de todo tipo de carencias materiales y el atesoramiento de un secreto aún más profundo y genuino: el deseo de la independencia económica; así como Jo quiere vivir de su pluma Amy aspira a vivir de su arte.

Pero Amy, a diferencia de su hermana mayor, es consciente de la hostilidad y de las exigencias que impone el mundo que las rodea, por eso decide tomar el consejo de su tía March (interpretada por la magnífica Meryl Streep) y cultivar sus saberes como artista y mujer de mundo que la vuelven óptima para cualquier potencial matrimonio ventajoso.  Pero el alma de Amy rebosa de virtudes idealistas, las March fueron nacidas y criadas bajo tales preceptos, al fin y al cabo, se puede huir de muchas cosas menos de nuestros orígenes y nuestros deseos. Por eso rechaza la oferta de un candidato que podía colmarla de lujos y banalidades y decide jugársela por amor, al interior de un terreno ya menos explorado por ella pero no por eso carente de fe y expectativas.

Por otro lado tenemos a Meg (correcta Emma Watson) la hermana mayor, la que sueña al igual que Amy con una vida acomodada y tranquila, pero que finalmente entiende que no hay cosas materiales que puedan opacar el bienestar de un amor sincero y bondadoso. También tenemos a Beth, el personaje menos relevante o explorado al que en esta nueva adaptación, se le concede un espacio que resalta parte de las complejidades de este ser más enfermizo y vulnerable, pero no por ello menos intrigante o apasionado.

Eliza Scanlen es quien dota de vida a esta increíble reversión de Beth, la eximia pianista que goza de la sencilla vida familiar y de las pequeñas cosas. Aquella que humaniza a sus muñecas, que logra despertar el interés de un hombre triste y solitario y no sólo recordarle a su difunta hija sino también hacerle ver que la vida continúa y no tiene que sentirse culpable por haberla sobrevivido. Beth actúa como anclaje y recordatorio de esos orígenes que tiran y desgarran, en ella se condensa todo el amor que traspasa a la familia March y sus virtudes están por fuera de un escueto plano terrenal.  Los dotes angelicales de Beth están fuertemente marcados en la novela, pero el cine se encargó de volverlos maleables a cierto aspecto naif o poco trascendente. Gerwig le dio la voz idónea que necesitaba para poder manifestarse.

Otra cuestión tiene que ver con la construcción de planos que se contraponen, para darnos lugar como espectadores a poder inspeccionar la antítesis de la vida pasada y presente de las March. La playa se dispone como punto bucólico, de fuerte carga emocional y simbólica, aquel donde las hermanas  y sus amigos disfrutaban de las bondades del mismo en épocas de felicidad e inocencia, como también en un futuro más cercano sirve como contexto de despedida entre Beth y Jo. Las cargas emotivas de los lugares vienen dadas por las circunstancias que atraviesan a nuestros personajes.

Así sucede también con la paleta de colores. El pasado de las hermanas está saturado de colores pasteles mientras que el presente oscila entre grises y tonalidades oscuras. La inocencia se concentra en el brillo y vitalidad que emana de la juventud, mientras que la madurez acarrea otras dolencias, responsabilidades y tragedias que desembocan en un transitar más penumbroso.

No sólo el elenco protagonista cuenta con luz propia, también se ven acompañadas de  actores secundarios de la talla de Chris Cooper, Meryl Streep, Louis Garrel y Laura Dern. La cuidada selección de este grupo de talentosas figuras, no hace más que reafirmar que Gerwig es una profesional muy presente en todo el proceso que conlleva la realización de cada uno de sus trabajos, en donde nada pareciera sujeto al azar o producto de la casualidad. Las piezas encajan con maestría y detrás de una obra de tal calibre está la mano invisible que mueve los hilos para que las cosas sucedan de manera atinada y destacable.

El guion está íntegramente basado en el libro de Alcott, Gerwig se toma muy pocas licencias para modificar su contenido donde lo revolucionario de su relato reside precisamente en las formas narrativas escogidas. Los flashbacks, lo antinómico de los planos, la utilización acertada del color y la selección de un elenco parejo en entrega y predisposición, convierten a Mujercitas en una de las mejores películas del año y hasta el momento en su adaptación cinematográfica más rebosante de alma propia.

Quizás sea que algo que se erige como clásico no puede estar carente de corazón y atemporalidad. La historia de esta familia y la fortaleza de sus protagonistas, nos convocan a pensarnos desde la actualidad, en repreguntarnos cuáles son aquellas cuestiones prototípicas que nosotros como sociedad seguimos replicando hasta el hartazgo, en dónde reside el verdadero sentido de la emancipación y las luchas de género, como asimismo también entender que lamentablemente-y pasados 152 años-hay cosas que no se ven modificadas y su deconstrucción es inminente y necesaria.

Mujercitas es un relato que se instaura como novela protofemininista y que hoy en día- de la mano de cineastas de la talla de Gerwig- puede invitarnos a una relectura urgente y lapidaria. No perdamos de vista estas pequeñas-grandes películas, que si bien son subestimadas por la Academia (no creemos que suceda el milagro de ganar los premios a los cuales fue nominada) no deberían ser denigradas por un mundo que pide a gritos cada minuto que pasa, un repliegue apremiante hacia las raíces y lograr comprender el verdadero sentido de la empatía, la humanización de los vínculos y el amor por encima de todas las cosas.

Mujercitas se erige nuevamente como hito feminista, sin recaer en tópicos comunes o simplones, sin subestimar la inteligencia de las nuevas generaciones e invitando a la reflexión ineludible de los roles femeninos, su falta de inserción y reconocimiento en espacios laborales (de hecho su directora fue tristemente olvidada en los últimos festivales y entregas de premios) y la revolución que requiere romper con grandes paradigmas que dificultan la vida en muchos de sus aspectos y que desmerecen el papel femenino en todas sus potencialidades.

Acompañando el mensaje político, también la narrativa nos permite reconectarnos con aquellas cosas que también importan y mucho: las pasiones, la familia, la amistad, la vocación, el legado, la tragicomedia en que se erige la vida misma, con sus avatares y decepciones, con lo aleatorio de las pérdidas de todo aquello que también amamos como la juventud, la inocencia y los seres queridos. Pero todo todo engranaje vital cuenta con un marco de continuidad pasmosa, una especie de vorágine abrasadora que hace que no perdamos de vista que la vida duele, maltrata, golpea pero también brinda esperanza y nuevas oportunidades.

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Amante del cine desde temprana edad, todo resultó ser amor a primera vista a partir de Cinema Paradiso. Licenciada en Relaciones Públicas y dejando inconclusa una licenciatura en Historia de las Artes Visuales, sigo reafirmando con el paso del tiempo que mi gran pasión continúa siendo el séptimo arte. Mi gratitud hacia los momentos maravillosos que me regalaron infinidad de películas, fue el puntapié inicial para rendirles homenaje a través de la escritura.