Es el director por antonomasia del cine de géneros y sexualidades en España.

Reconocido internacionalmente por ser ese director transgresor de estética kitsch, Pedro Almodóvar, retrata la realidad más cotidiana del amor y del deseo de manera sucia, a veces insana y siempre colorida.

Almodóvar propone en la pantalla la visión de una sociedad española alejada de cualquier código de decoro. Se burla de la España tradicional, mostrando una fotografía cultural mucho más diversa y descarada.
Se ha encontrado con el obstáculo de los reaccionarios, que critican toda
nueva influencia ideológica, aquellos que ven al director que sólo hace películas de “maricones y putas”. Pero el director no sólo se ha encontrado con este impedimento. Almodóvar introduce en un terreno peligroso cuando gran parte de los seguidores de este cine son espectadores reivindicativos y críticos con el mensaje. De modo que no para de despertar sospechas entre los sectores feminista respecto a la autenticidad de la transgresión que puedan suscitar sus películas. Muchas veces es criticado por hacer representaciones de roles de género tradicionales con cambios meramente cosméticos que producían una fantasía irreal de trasgresión.

Algunas de sus cintas realmente rompen con el patrón de cine patriarcal basado en personajes masculinos que controlan la trama. Volver, es un ejemplo. Con un discurso de denuncia acerca de los abusos, pasados y presentes, que sufren las mujeres por parte de los hombres, centrándose sobre todo en el ámbito doméstico. También es un ejemplo de película donde la mujer no aparece victimizada y frágil, sino empoderada y
hacedora de la trama. La crítica de cine Pilar Aguilar reconoce aquí, sin embargo, una manera de recluir a la privacidad la problemática social y despojar de intervención pública la violencia de género.

Por el contrario, podemos tropezarnos (no eventualmente, sino con mayor normalidad de lo deseado) con tramas como la de Átame, donde el personaje femenino que ha sido secuestrado, desarrolla un síndrome de Estocolmo (no identificado como tal en la película) por su secuestrador y se acaba enamorando de él.

O “Carne Trémula”. Detengámonos un momento en este ya clásico del cine español: Almodóvar trata de enviar un mensaje de esperanza, comparando el contexto socio-político español en que se estrenaba la película con el de opresión franquista de 1970.
La película finaliza con el personaje central de la trama, Victor, viendo a nacer a su hijo en circunstancias parecidas a las que él lo hizo: “Por suerte para tí hijo mío, hace ya mucho tiempo que en España hemos perdido el miedo
Y con esta frase, que no deja de ser hermosa, se concluye una película donde la violencia de género ha quedado reducida a un drama pasional, a un lío de faldas. Donde las agresiones que se exponían al espectador fueron la que la mujer infringía al hombre cuando trataba de escapar de su casa. Las que iban en la otra dirección, sólo se presentaban directamente, cuando se la veía a ella con el ojo morado, o cuando él le decía “no volverá a pasar” o “cambiaré”.


La película omite el miedo de la mitad de esa España que describe Almodóvar, el de las mujeres. Si las películas son discursos, esta es un insulto.
La misma controversia surge con el colectivo LGTB (en sus películas más GT que LB) vemos una normalización de las identidades de género y comportamientos sexuales alternativas a los patrones tradicionales. Otras muchas veces, por el contrario, vemos una traición al rupturismo que se le supone cuando la identidad del personaje “transgresor” tiene a sus espaldas un historial de abusos sexuales en su infancia que pueda hacer pensar al espectador más progresista si no estará sugiriendo que ser transexual devenga de un trauma freudiano.

Estos fueron los casos de Todo sobre mi madre o La mala educación.
Para finalizar, Almodóvar consigue crear comedias dramáticas donde pueden trivializarse los sentimientos más desgarradores, dando como resultado final una fotografía sin esperanza de la existencia humana, momento en que entronca con ciertos rasgos del cine nihilista. Almodóvar es un director de las pasiones, sin fé.

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