Luego de “Derek”, Ricky Gervais vuelve a indagar dentro del plano dramático, dando como resultado esta conmovedora historia de sanación.

Dentro del extenso catálogo de Netflix, podemos encontrar cierta cantidad de joyas ocultas. Una de ellas es la serie “After Life: más allá de mi mujer”, escrita y dirigida por el comediante Ricky Gervais, conocido mundialmente por ser uno de los creadores de la versión original de “The Office”(2001-2003).

Tony (Ricky Gervais) es un periodista de mediana edad que trabaja en un diario local llamado “La Gaceta de Tambury”, cuyo contenido radica en el hecho de recabar historias acerca de los personajes bizarros y pintorescos que forman parte de la comunidad. Momentos hilarantes donde tanto Tony como su compañero se encargan de visitar los lugares del “hecho” donde suceden eventos “extraordinarios” tales como una mancha de humedad con la cara de Kenneth Branagh o un bebé parecido a Adolf Hitler, son situaciones que sin lugar a dudas corren un poco el eje trágico de la ficción hacia la comicidad de lo absurdo.

Pero After Life (la cual intenta ahondar un poco más sobre la otra faceta de Gervais como actor dramático, cuya experiencia quedó patentada anteriormente en la serie Derek) nos acerca una historia que consta de mayor cantidad de momentos emotivos en detrimento de los clásicos gags de la típica comedia británica.

Su argumento está centrado en la vida de Tony (Gervais) quien luego de 25 años de matrimonio perdió a su esposa Lisa (Kerry Godliman) y atraviesa una profunda crisis existencial, donde su marcada enemistad con el mundo lo convierte en un ser políticamente incorrecto y por demás desagradable. Tony no tiene nada que perder, el sentido de la vida se disipó luego de la muerte de Lisa, por ende, su misantropía e incontinencia verbal radican en el hecho de comunicar todo lo que según a su criterio “está mal”.

Los espectadores acompañamos el duelo de un protagonista que se encuentra moral y emocionalmente roto. Los vestigios de su humanidad, quedaron desperdigados al fallecer la persona más importante de su vida. Aunque Tony no siempre parece haber actuado de la misma forma, dado que en el primer episodio de la serie, veremos un video casero de su mujer recordándole que “Nunca eres bueno escuchando lo bueno que eres. Pero lo eres. Eres bueno”.

Esa bondad explota por los aires cuando es obligado a enfrentarse con su propio dolor, cuya excusa para aferrarse a la vida es la presencia de su perra, un regalo que él mismo le había otorgado a Lisa y que actúa como anclaje emocional con la actualidad y los recuerdos.

Tony se encuentra rodeado de personajes secundarios que intentan fútilmente sacarlo de la depresión: lo invitan a ver un show de stand-up, le tienen paciencia infinita frente a su humor sarcástico y humillante, pretenden organizarle citas con otras mujeres. Ninguna de estas actividades concluyen con éxito, precisamente porque su título nos invita a reflexionar acerca de la dualidad fundamental de aquel juego de palabras en apariencia complementarias (“After Life”): parece no haber vida para Tony después de su otra vida junto a Lisa.

La introducción de videos caseros grabados por su esposa (que fueron realizados con el afán de desempeñarse como guía luego de su partida) otorgan a la serie una bocanada de aire fresco y una fortaleza discursiva arrolladora, donde podemos empatizar con ese dolor lacerante, con la noción de la pérdida de aquellos a quienes amamos y sobre todo, comprender también cuán asombrosa era aquella mujer que se marchó antes de tiempo por las desventuras de una enfermedad terminal.

Lisa insiste en el hecho de que su marido es un completo inútil, pero una gran persona. Ella aparenta ser el sostén principal de esa sincera existencia marital, donde la simpleza de los recuerdos compartidos, nos acercan a la intimidad de esa pareja, signada por lo incondicional del cariño y el respeto mutuo, aspectos que no se vieron siquiera afectados por la muerte inminente de uno de sus participantes.

Si bien Tony se encuentra en una fase de estancamiento nihilista, donde el sinsentido de la vida lo ataca constantemente y lo arrastra al más absurdo y trágico estadio emocional, es importante nuevamente destacar la presencia de aquel puñado de personajes que acompañan tanto el devenir decadentista de nuestro protagonista, como asimismo su posterior reconciliación con la vida.

Algunos de los momentos ejemplificadores se conciben a partir de las charlas con una viuda anciana al visitar la tumba de Lisa, como su incipiente interés en una enfermera de carácter gentil, la reciprocidad con una prostituta que se transforma en su amiga, el vínculo con su cuñado (uno de los principales depositarios de toda su furia y tristeza) y la relación con sus compañeros de trabajo.

Otro lazo memorable es aquel que establece con un dealer adicto, quien atraviesa una tragedia similar dado que perdió a su mujer por sobredosis. Tony será quien comprenda la verdadera naturaleza de esa condición de hombre desesperanzado y actuará como verdugo benevolente de aquella persona que quiere acabar con su vida, pero no cuenta con los recursos económicos para lograrlo.

Pero Tony-a diferencia del personaje anterior-no está solo. Todo su patetismo se reduce a una etapa, a un simple momento. La gente que lo rodea lo ama y respeta todo lo humanamente posible durante lo cíclico de su duelo. La fusión de ese amor comunitario, como la reconstrucción del amor propio, son los factores que acabarán por salvarle la vida.

After Life se proclama como crítica agridulce hacia la sociedad en sí misma, donde también nos impulsa a entender que los duelos se atraviesan con dolor, encono, impotencia y una necesaria soledad. Todos intentan “serenar” el carácter verborrágico e impaciente de Tony, pero al fin y al cabo pareciera que nadie termina de ponerse plenamente en su lugar. Empatizar con el dolor ajeno puede resultar siendo una práctica demoledora, pero también hay que saber respetar esos espacios personales donde el otro exige un desahogo  porque la muerte es lo único que nunca tiene solución.

Sin embargo, el contenido abordado por este brillante guion, no resulta algo fácil de digerir y asimismo nos pone en la encrucijada de debatir hasta dónde nuestras tragedias personales nos convierten en seres impunes frente al resto ¿Y si esa libre expresión de manifestar todo aquello que nos acontece nos vuelve desconsiderados y violentos? Está claro que Tony atravesó mayoritariamente su duelo pecando de ególatra sin comprender los límites difusos entre su crónica y enquistada melancolía frente a la vida de los demás.

La crítica se ha dividido frente a esta pequeña gran obra, comparándola odiosamente con Derek (2013-2014) otra serie antecesora realizada por el mismo creador, donde los puntos de esa guerra fría establecida entre una y otra no hacen más que acentuar sus diferencias esenciales y no por eso denostar su calidad narrativa y su potencia dramática.

Ricky Gervais en “Derek” (2013-2014) también disponible en Netflix

After Life no cae en los tópicos comunes a los que estamos acostumbrados a consumir, no hay golpes bajos, la sencillez de su argumento y la correcta interpretación de sus personajes la posicionan como un producto de enorme eficacia, donde tenemos la capacidad de seguir ese viaje melancólico y deprimente de un hombre triste, cuyo sentido existencial parecerse haberse disipado en lo cruento e irreversible de la muerte.

Quizás la resolución de la historia hacia el final pareciera no estar a la altura de la serie, dejando un sinsabor de “algo más”, de una falta que necesitamos cubrir.

A lo que se apunta, es al hecho de que ese desenlace fue resuelto presurosamente sin ahondar demasiado en el cambio trascendental de Tony, aquel hombre que lo vimos queriendo morirse a lo largo de casi toda la ficción y actuando con hostilidad. Algo dentro del orden de esa especie de nebulosa emotiva pareciera quedar irresuelto o inconcluso, o también podría llegar a percibirse como una clara señal de que aquel personaje que vociferaba a los cuatro vientos su odio hacia la humanidad, cuando pudo cicatrizar parte de esa herida, logró encauzarse sin demasiados diálogos contundentes, sino que eligió la vía del silencio como sanación necesaria y urgente.

Esta serie se configura como odisea emocional protagonizada por lo atípico de un personaje que oscila entre los binomios más hilarantes, trágicos y tendenciosos: alguien odioso a quien nunca logramos odiar, que asimismo se dispone como una especie de antihéroe y justiciero de aquellas pequeñas injusticias cotidianas (la escena en la que amenaza al pequeño buleador derrocha genialidad).

After Life, a pesar de su sentido fatalista de la existencia y de lo ácido de la mirada frente a determinados sentimientos sociales e individuales (como la transición de los duelos) se erige como oda a la vida. No toda esperanza está perdida, inclusive la de aquellos que sienten que les fue arrebatada de un plumazo y cuyo espiral patético los conduce al resentimiento y la desazón amorosa; no sólo hacia aquellos a quienes nos aman sino también como signo de autoflagelo cotidiano típico de la falta de fe.

Tony logra sobreponerse, tiene motivos de sobra para hacerlo. Apuesta nuevamente a la vida porque era lo que su mujer quería para él, lo que sus amigos también intentaban hacerle ver y lo que al fin y al cabo él anhelaba a pesar de que la tristeza nubló su raciocinio durante este largo y sinuoso proceso.

Entonces la vida, tiene continuidad luego de la vida misma, no en el sentido religioso que confiere esta relación intrínseca entre una cosa y la otra, sino que más bien apunta a una noción filosófica: no hay mal que dure cien años, los duelos se erigen como necesarios para aprender a soltar aquello que amamos, la vida y la muerte al fin y al cabo son valores inherentes a la existencia de todo individuo e ir contra ellos resulta imposible y en cierta forma fatídico, desgastante e inútil. El sentido último de nuestra subsistencia puede re significarse en el devenir de lo cotidiano, en los lazos con los otros, en la búsqueda introspectiva y en el perdón hacia nosotros mismos.

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