Esta película dirigida por Freddie Francis fue conocida en Argentina bajo el título de “El alarido de la carne” y en España como “El Esqueleto Prehistórico”.

El relato fílmico inicia con la imagen de restos óseos ubicados sobre la mesa de un laboratorio, los cuales descansan al lado de una paleta de colores que es retirada por una persona para dar, pincel mediante, los últimos retoques a un cuadro. Seguidamente, los créditos de la película aparecen impresos sobre la imagen de una pintura tan simbolista como macabra. Gracias a esa economía visual resultante del movimiento y focalización de la cámara sobre la obra pictórica, la película nos ha sintetizado a través de este sencillo procedimiento toda la historia que posteriormente visualizaremos.

La cámara se retira lentamente para mostrarnos al autor de esa pintura: Emmanuel Hildern, un científico interpretado por Peter Cushing, un legendario actor británico de cine de terror. Una primer línea de diálogo proveniente desde fuera de cámara (“alguien quiere verle, Profesor…”) es pronunciada, lo sabremos más tarde, por James Hildern, también científico y hermanastro de Emmanuel, interpretación a cargo de otra gran estrella del cine británico del mismo género, nos referimos a Christopher Lee. Junto a Emmanuel vemos deambular un supuesto colega que observa y escucha detenidamente todos sus comentarios, los cuales desembocaran en un extenso flashback que constituirá casi toda la película.

Estamos ante un film que aborda varios asuntos al mismo tiempo, y al que se podría acusar de no resolver adecuadamente ninguno de ellos, aunque esta aparente “debilidad” no necesariamente puede considerarse algo negativo: otorga al crítico y al espectador mucho espacio como para poder reflexionar por si mismos.

En primer lugar, podemos decir que la película se ocupa del lugar de las mujeres en la sociedad victoriana y de las actitudes de los hombres hacia el sexo femenino. Subyace en la misma una crítica al hombre victoriano patriarcal. Emmanuel es un padre afectuoso, pero indiferente y muy egoísta: Penélope, su hija, vive una vida de soledad y aburrimiento y siempre se aparece en segundo lugar con respecto a su trabajo científico.

Hay en el nombre de su hija, quizá, reminiscencias al ideal femenino de la Odisea: la mujer que se queda en casa. Penélope es la típica y obediente hija victoriana, que no cuestiona a su padre sin importar lo absurdo y autoritario que puedan parecer sus decisiones (por ejemplo, la prohibición respecto de hablar sobre su madre o de ingresar a la habitación de la misma) hasta el punto, inferimos, de no haber abandonado la casa durante el tiempo de ausencia paterna. El regreso del padre de un largo viaje, y la constatación de que su conducta no ha cambiado nada, despierta en ella vientos de rebelión contra las restricciones agobiantes. Los motivos de rebelión iniciales de Penélope se acentúan ante el descubrimiento de una terrible noticia: su madre “murió” recientemente y no veinte años atrás como solía, mentirosamente, repetirle su padre.

Ante la explosión de ira y resentimiento de su hija, Emmanuel es incapaz de vislumbrar razón ni justificación para los mismos, él solo puede intuir en ella los síntomas de un estado de locura incipiente.

Un flashback dentro del flashback inicial nos revela aspectos sobre la vida de la ya fallecida Marguerite, madre de Penélope. La última imagen de ella es, luego de unas señales de aparente “cordura que se desmorona”, siendo arrastrada bruscamente hacia la celda de un manicomio, gritando con desesperación. Y ahora, según las sospechas de Emmanuel, Penélope estaría mostrando los mismos signos. Simbólicamente, el temor de Emmanuel de que Penélope podría “heredar la enfermedad de su madre” parece revelar el terror del protagonista de que ella se convierta en un ser sexual. Bajo el pretexto de «protegerla», Emmanuel ha mantenido a Penélope casi aislada, encerrada dentro de la “prisión” de su casa.

En segundo lugar, se observan escenas repetidas de laboratorios, tanto en el domicilio particular de Emmanuel como en el instituto psiquiátrico que dirige su hermanastro James. En esos dos espacios vislumbramos dos modelos de ciencia enfrentados: la “ciencia” que lleva adelante Emmanuel se corresponde con una época que esta llegando a su fin, inocente con respecto al modelo de ciencia de su hermano, pero mucho más ambiciosa, ya que busca resolver problemas trascendentales, cuasi cosmogónicos. Emmanuel busca demostrar una teoría tan absurda como sorprendente: el “Mal” no es un concepto abstracto sino “un organismo vivo; como una plaga, una enfermedad, que infecta a la humanidad…” y por lo tanto, pasible de ser neutralizada mediante un vacuna. El “Mal” no como un concepto abstracto y relativo, y que en el mejor de los casos “habitaría” como una fuerza al interior del ser humano, sino como algo concreto y exterior al individuo, separado del mismo.

Sin mencionar, claro esta, los procedimientos utilizados por Emmanuel, los cuales no resisten el menor análisis: se basa en leyendas para sostener sus hipótesis, usa sólo un sujeto de prueba (y que encima no es humano), nunca repite sus experimentos para contrastarlos, salta de una conclusión a otra con extraordinaria certeza y labilidad, y su descubrimiento triunfal de que una vacuna efectivamente protege contra la “infección del “Mal” se basa en un mirada “relámpago” al microscopio. Por el contrario, la ciencia que lleva adelante su hermanastro James es contemporánea a los cambios y desarrollos que están aconteciendo en su época. James es un científico preocupado por los procedimientos y controles adecuados de sus experimentos, algo tan básico que no parece ser tenido en cuenta por Emmanuel. Está, además, profundamente abocado a la investigación sobre el movimiento y la electricidad en el cuerpo humano, en pleno contexto de interrogación sobre el principio vital o fuerza que sostiene la vida humana, camino que posteriormente seguirán las neurociencias y la psicología en décadas posteriores.

En tercer lugar, la película aborda a través del enfrentamiento entre dos hermanastros por la obtención del premio Richter, el mito bíblico de Caín y Abel. Según el Génesis, en los inicios de la humanidad dos hermanos presentaron sus sacrificios a Dios, quién al observar los mismos prefirió la ofrenda de uno de ellos, la de Abel. Viendo esto, Caín sintió celos y envidia por la preferencia realizada por Dios y terminó asesinando a su hermano.

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En una escena crucial, cuando Emmanuel visita el instituto de salud mental de su hermanastro, James realiza un ataque deliberado contra Emmanuel, expresándose allí los resentimientos contenidos de toda una vida. Esa escena nos echa luz sobre el pasado de ambos: Emmanuel fue un hijo privilegiado, heredero de la propiedad familiar y de quién siempre se hubo esperado “grandes cosas”, mientras que James tuvo que forjar su propio camino en la vida, emprender una carrera y encumbrarse por sí mismo como autoridad en materia de investigación, todo lo contrario a Emmanuel que, pese a sus privilegios, sólo se empeña en investigar “teorías lunáticas” sobre los orígenes del hombre en expediciones subsidiadas por la institución de salud mental que dirige James, pero que éste último ya no seguirá sosteniendo. James se nos aparece como un ser individualista, frío y calculador, carente de toda ética personal y profesional, el cual no dudará, ocasión mediante, en  “invadir” la casa de su hermanastro para robar sus notas experimentales, y demás objetos de investigación, pues allí están las piezas que le faltan para terminar de dar forma a su propio proyecto de ciencias,  asegurarse el premio Richter y  “arruinar” finalmente a su hermano.

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Ambientación magnífica de la película, característica del cine de terror británico, la cual destaca por una recreación sencilla pero efectiva de la Inglaterra victoriana de fines del siglo XIX. En relación con ello resultan significativas las imágenes de encarcelamientos literales y simbólicos: la hija obediente bajo el techo paterno refleja la posición de las mujeres en la sociedad de su época; los enfermos mentales encerrados dentro de celdas en el neuropsiquiátrico como reflejo de la rigidez moral de la sociedad de ese tiempo, conservadora y casi puritana. Los barrotes de acero de las celdas como símbolo de la conducta recta y honesta que todo buen inglés debía mostrar ante sus congéneres, aunque la misma sólo resultara mera apariencia. Esa atmósfera es de gran utilidad a la historia y a los temas tratados, en un contexto donde las Ciencias Antropológicas (Emmanuel) y de Salud Mental (James) se encontraban en sus primeros años de desarrollo.

Gran protagonismo, también, de la banda sonora de la película, a cargo de Paul Ferris, la cual resulta terrorífica y atmosférica.

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Se trata de un film sencillo y de bajo presupuesto, siendo un ejemplo de artesanía cinematográfica, sea por el uso notable de la animación cuadro por cuadro en la regeneración de la carne del dedo del esqueleto (de gran sencillez y eficacia), como por el recurso del flashback ya mencionado, la ocularización primaria cuando el “monstruo” acorrala a Emmanuel en la habitación del primer piso de su casa, etc. También resulta digno de mención un muy original guión que logra sobreponerse, no sin sobresaltos, a la diversidad de tramas y asuntos tratados ya mencionados.

Mención aparte nos merece el “monstruo”, un “esqueleto prehistórico” que se nos presenta como una potencial amenaza, pero que luego, comprenderemos, termina resultando una excusa para contar una historia distinta. Cuando Emmanuel comience a limpiar su “espécimen” descubrirá algo sombroso: al exponerse al agua, los restos fósiles comenzarán a regenerar carne, asombrosamente, a partir del tejido óseo. Por fortuna el dedo es cortado antes de regenerarse por completo pero un examen al microscopio de su tejido revelará extrañas células negras predadoras (el “Mal”) que hostigan y reducen a cualquier otra célula (el “Bien”) con la que entran en contacto. Tendremos que esperar hacia el final de la película para visualizar al ”monstruo” que nuestra imaginación vislumbra desde los inicios “oculto” tras los restos de la osamenta. El “monstruo”, simbolismo mediante, como un reflejo del horror masculino frente a la sexualidad femenina. Algo enorme, poderoso y profundamente amenazante, estaba a punto de “despertar” luego de largos años bajo tierra: el deseo primigenio de liberación de la mujer de las ataduras patriarcales. Finalmente, también, el “monstruo” podría ser visto como el miedo de Emmanuel  a la enfermedad mental.

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En relación a esta última cuestión, cabría hacerse la siguiente pregunta, sea como crítico o espectador: la historia que Emmanuel relata a un supuesto colega en los inicios de la película, ¿Es realmente verdadera o sólo son las imaginaciones y/o alucinaciones propias de un ser trastornado? El dedo medio amputado que muestra Emmanuel en el último fotograma que nos regala la película es el resultado de una automutilación realizada por una mente insana? ¿Qué tan confiable es como narrador Emmanuel? Obviamente estamos ante su historia, relatada desde su propia perspectiva, pero ¿Fue lo que realmente sucedió? ¿O estos son los desvaríos de un loco, ya demente desde los inicios del film.

Podemos decir, entonces, que el verdadero tema de la película es la locura. Desde las primeras imágenes, casi desapercibida, se nos mimetiza o escabulle a la percepción un ambiente insano. Emmanuel se muestra dominante y dictador con su hija, a la que tiene recluida en su casa y a la que prohíbe que ingrese en algunas habitaciones cerradas con llave. Su hermanastro James dirige un manicomio donde realiza experimentos poco ortodoxos para la época, siendo algunos bastante brutales con los internos. Su hija Penélope, que al principio parecía “normal”, hacia el final resultará psíquicamente la más alterada de todos los personajes.

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Los momentos finales de The Creeping Flesh nos parecen develar una posible respuesta a todos los interrogantes anteriores: ¿Emmanuel Hildern es un ser dominado por la locura? La respuesta parece ser que sí y, lo más siniestro de todo, parece ser que siempre lo fue.

En conclusión, estamos ante una “pequeña gran película”, con una historia muy peculiar, interpretada por los dos grandes iconos del terror británico de todos los tiempos, los cuales brillan con luz propia dentro del film, al que se suma un “monstruo” atípico, un esqueleto de configuración humana, que parece ser el protagonista del terror para luego revelarse como una pista falsa. Se agrega, además, un final que nos obligará a reinterpretar toda la historia. Con sus aciertos y sus defectos, nos encontraremos con una película totalmente recomendable para pasar una noche lluviosa de invierno, café mediante, y con agradable compañía. Merece ser vista por todos aquellos amantes del cine y, sobre todo, por todos aquellos buenos “degustadores” del terror clásico.

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