A 12 años de su muerte, recordamos la vida, las películas y los personajes que convirtieron a Robin Williams en una de las figuras más queridas de Hollywood.
Hay actores que interpretan personajes y hay otros que parecen capaces de convertirse en cualquier persona frente a una cámara. Robin Williams pertenecía a esa segunda categoría.
Podía ser un profesor que enseñaba a sus alumnos a mirar la vida de otra manera, un padre desesperado por volver a ver a sus hijos, un médico dispuesto a desafiar las reglas, un terapeuta marcado por sus propias heridas o incluso un genio azul capaz de convertir cada frase en un torbellino de voces y referencias. También podía improvisar durante minutos sin perder jamás el control de la escena.
Doce años después de su muerte, ocurrida el 11 de agosto de 2014, su legado permanece intacto. Williams no solamente fue uno de los grandes comediantes de su generación: también fue un actor dramático de enorme sensibilidad, ganador de un Oscar y protagonista de algunas de las películas más recordadas de las décadas del 80 y 90.
De la improvisación al estrellato
Robin McLaurin Williams nació el 21 de julio de 1951 en Chicago. Durante su juventud estudió en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York, donde coincidió con Christopher Reeve, quien se convertiría en uno de sus grandes amigos.
Sin embargo, fue la comedia la que terminó marcando su camino. Williams comenzó a desarrollar un estilo de stand-up frenético, basado en la improvisación, las imitaciones y una capacidad prácticamente ilimitada para cambiar de voz, personaje y registro en cuestión de segundos.
Su gran salto llegó en televisión
En 1978 apareció como Mork, un extraterrestre proveniente del planeta Ork, en la serie Happy Days. El personaje tuvo tanta repercusión que consiguió su propio programa, Mork & Mindy, que se emitió entre 1978 y 1982 y convirtió a Williams en una estrella. El cine no tardaría en llegar.

Su debut cinematográfico importante fue Popeye, dirigida por Robert Altman en 1980. A partir de allí comenzó una carrera que durante las siguientes tres décadas prácticamente no tendría límites.
Good Morning, Vietnam: cuando la comedia también podía tener algo para decir
En 1987 llegó uno de los papeles que definieron su carrera. En Good Morning, Vietnam, dirigida por Barry Levinson, Williams interpretó a Adrian Cronauer, un locutor de radio destinado a Vietnam que utilizaba el humor como una forma de conectar con los soldados.
La película permitió descubrir algo que sería fundamental en su carrera: detrás de aquella energía desbordada existía un actor capaz de utilizar la comedia para hablar de temas mucho más oscuros. La interpretación le valió su primera nominación al Oscar como Mejor Actor.

La sociedad de los poetas muertos: el profesor que enseñó a vivir
Dos años después llegó uno de sus personajes más emblemáticos.
En La sociedad de los poetas muertos, Peter Weir lo convirtió en John Keating, un profesor de literatura que desafía los métodos tradicionales de enseñanza y anima a sus alumnos a pensar por sí mismos. Williams encontró allí uno de los papeles que mejor combinó sus dos grandes talentos: la comedia y el drama.
Keating podía ser divertido, excéntrico y cercano, pero también profundamente emotivo. La película se convirtió en un clásico y Williams recibió su segunda nominación al Oscar.

Despertares y El rey pescador: el actor detrás del comediante
Durante los años 90 Williams demostró que no necesitaba hacer reír para dominar una película. En Despertares, junto a Robert De Niro, interpretó al doctor Oliver Sacks, un médico que intenta ayudar a pacientes afectados por una enfermedad neurológica.
Después llegó El rey pescador, dirigida por Terry Gilliam, donde interpretó a Parry, un hombre sin hogar marcado por una tragedia personal. La actuación le consiguió otra nominación al Oscar. Ambas películas fueron fundamentales para demostrar que Williams podía alejarse completamente de su imagen de comediante.

Aladdín: una voz imposible de reemplazar
En 1992 apareció uno de sus trabajos más queridos. Williams prestó su voz al Genio de Aladdín, de Disney, y convirtió al personaje en una auténtica explosión de energía. La película le permitió trasladar su talento para la improvisación al terreno de la animación.
El Genio podía cambiar de personalidad, imitar voces, romper el ritmo de una escena y disparar referencias a una velocidad vertiginosa. Era, en muchos sentidos, una versión animada del propio Williams.
Su trabajo fue tan celebrado que recibió un reconocimiento especial de los Golden Globes por su interpretación.
Papá por siempre: el corazón detrás de la carcajada
En 1993 llegó Mrs. Doubtfire, una de las películas que mejor representa al Robin Williams de los 90. Interpretó a Daniel Hillard, un padre que atraviesa un divorcio y decide disfrazarse como una mujer mayor para poder estar cerca de sus hijos.
La película funcionaba como una comedia familiar, pero Williams consiguió darle una dimensión emocional que iba mucho más allá de los disfraces y las situaciones absurdas. Ese equilibrio entre humor y sensibilidad se convirtió en una de sus grandes especialidades.

Jumanji, The Birdcage y Patch Adams
La década continuó con una seguidilla de éxitos.
En Jumanji, Williams interpretó a Alan Parrish, un hombre atrapado durante décadas dentro de un misterioso juego de mesa. En The Birdcage, dirigida por Mike Nichols, volvió a demostrar su enorme capacidad para la comedia junto a Nathan Lane.
También protagonizó Patch Adams, donde interpretó a un médico que defendía una manera mucho más humana de tratar a sus pacientes.
Y después llegó uno de los grandes reconocimientos de su carrera.

En busca del destino y el único Oscar de Robin Williams
En 1997, Gus Van Sant dirigió Good Will Hunting, protagonizada por Matt Damon.
Williams interpretó a Sean Maguire, un terapeuta que intenta ayudar a Will Hunting, un joven con una inteligencia extraordinaria pero incapaz de enfrentarse a sus propios traumas. Fue una actuación contenida, completamente diferente a la energía que había mostrado durante buena parte de su carrera.
Y finalmente consiguió el Oscar. Williams ganó el premio de la Academia como Mejor Actor de Reparto en 1998. Había recibido anteriormente nominaciones por Good Morning, Vietnam, La sociedad de los poetas muertos y El rey pescador.
El premio confirmó algo que el público ya sabía: Robin Williams no era solamente un comediante extraordinario. Era un actor extraordinario.

El lado más oscuro
Durante los últimos años de su carrera, Williams también buscó personajes cada vez más oscuros.
En Retratos de una obsesión interpretó a Seymour Parrish, un empleado de laboratorio fotográfico obsesionado con una familia cuyas fotografías revela. En Insomnio, trabajó junto a Al Pacino y Christopher Nolan lo llevó hacia un registro todavía más inquietante.
Estos papeles mostraron una faceta que muchas veces había quedado escondida detrás de sus grandes éxitos familiares. Williams podía ser perturbador. Y precisamente por eso resultaba tan fascinante.

Una vida atravesada por problemas personales
La vida de Williams también estuvo marcada por dificultades. Durante distintos períodos enfrentó problemas de adicción y atravesó episodios de depresión.
En sus últimos años comenzó a sufrir problemas de salud que inicialmente fueron difíciles de diagnosticar correctamente.
El 11 de agosto de 2014, Robin Williams fue encontrado muerto en su casa de California. Tenía 63 años. La investigación determinó que se había suicidado.
Tras su muerte, la autopsia reveló que padecía demencia con cuerpos de Lewy, una enfermedad neurodegenerativa que puede provocar alteraciones cognitivas, problemas de movimiento y cambios importantes en el estado de ánimo y la percepción.
El diagnóstico ayudó posteriormente a comprender algunas de las dificultades que había atravesado durante sus últimos meses.











































