El joven que pasó a la eternidad como «Blanquito» en Irene, yo y mi otro yo habla de cómo llegó a la película y de lo que significó ser parte del proyecto de los hermanos Farrelly

Totalmente alejado de la escena del cine, pero por siempre recordado como «Blanquito», Michael Bowman se dedica a la docencia. Desde hace más de 20 años -incluso antes de ser actor- da clases a adultos con autismo y es una de las cosas que más lo apasiona. A partir de un aviso en una pizarra supo que los hermanos Farrelly buscaban a un albino para su próxima película y allí decidió embarcarse. «No hacía falta tener ningún tipo de experiencia actoral», cuenta, al tiempo que recuerda que uno de los profesores de teatro de su escuela lo ayudó a preparar la audición. A los dos días, estaba sentado con los directores y con Jim Carrey, listo para comenzar el rodaje de Irene, yo y mi otro yo.

Si bien el personaje parece quedarle calcado, parece que esa no fue la idea que el estudio tuvo siempre en mente. «Fox quería que Peter Farrelly contratara a Chris Elliott (Loco por Mary) que es un gran actor, mucho más talentoso que yo, pero Peter se negó», sostiene Bowman. En este sentido, asegura que el director que ganó el Óscar hace algunos años de la mano de Greenbook «se apasiona mucho con las discapacidades, como en Loco por Mary, donde uno de los mejores personajes es el hermano menor de Mary, hacen chistes que terminan siendo graciosos porque no sabés si está bien reírte de eso. Realmente entiende esas cosas y cuando hizo su siguiente película, no quería un actor con maquillaje y el pelo teñido, le parecía malo y grosero, así que quería un albino de verdad».

Con apenas cuatro trabajos en la industria cinematográfica, dejó de intentar una carrera como actor y retomó la docencia. «Soy legalmente ciego, no puedo manejar y el transporte público de Los Ángeles es muy malo como para andar yendo de una audición a otra», sostiene.

¿Qué le aportaste al personaje una vez que te dieron el papel?

Los lentes telescópicos eran míos, tenía una versión más antigua de esos que se ven en la película. Me compraron unos muchos mejores para el rodaje. Algo que la gente no sabe sobre el albinismo es que por lo general sos legalmente ciego, te falta una pigmentación para procesar las cosas. Cuando nací todos creyeron que era ciego, pero a los meses me enfoqué en unas luces; tengo una foto con mi abuelo sosteniéndome (mientras la intento alcanzar). La vista se me desarrolló de forma tal que veo cuatro cosas de todo, cuatro imágenes que se estiran horizontalmente y representan un punto en el que estás ubicado. Amaba usar esos lentes antes de la película porque eran muy prácticos, pero después no los quise usar más porque ya de por sí me parezco bastante a Blanquito sin tenerlos puestos.

En todos lados te citan quejándote de la forma en la que la película habla del albinismo. ¿Fue tan así?

Creo que fueron las entrevistas que hice ni bien salió la película. Me sentía un idiota, me hacía ruido ser parte de algo que iba a implicar que hubiera nuevas formas de decirles a chicos (albinos) de todo el mundo. Jim Carrey me dice «hisopo» y «lechosito» y es muy gracioso. Muchos apodos se le ocurrían en el momento, en ese entonces me parecía gracioso, me gustaba la idea de que hubiera un personaje albino que fuera el centro de la escena y fuera yo. Pero una vez que me vi en la pantalla grande dos o tres veces me sentí un idiota porque había aportado nuevos apodos peyorativos. Así lo veía en ese momento. Pero ahora lo veo de otra forma totalmente distinta. Tengo 45 años, de chico me gustaba el punk rock y ser distinto es una ventaja. Soy un raro, me lo querés decir, genial, no me vas a lastimar.

¿Cómo fue trabajar con Jim Carrey?

Es como el Miguel Angel del humor, es muy aplicado y trata de ser lo más gracioso posible. Hacía la misma escena 30 veces y cada vez más graciosa. Y la que mejor salía no se podía usar porque todo el equipo se estaba riendo.

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