La nueva obra del director de The Witch es un tour de force actoral, donde la realidad se resquebraja a cada segundo y el terror cósmico y la locura se desdoblan en una pieza fundamental del terror de esta última década.

Hace un tiempo, bastante tiempo, que el cine de terror se ha enamorado del horror cósmico que supieron forjar autores como Lovecraft, antecesores como Ambrose Bierce o Robert Chambers o discípulos por correspondencia como Robert Bloch, autor de “Psycho” o E. Howard, el creador de Conan The Barbarian.

Más allá de películas como “Dagón” o las adaptaciones de Stuart Gordon como “Reanimator”, “From Beyond” o “Necronomicon” o la trilogía del apocalipsis de John Carpenter, hay autores modernos que han buscado modernizar o aplicar su visión a los horrores inenarrables del espacio en films como “Spring” o “The Endless” del tándem Benson / Moorhead, la ochentera “The Void” de Gillespie / Kostanski o el found footage de “Banshee Chapter” de Blair Erickson, pero la huella anfibia de los mitos de Cthulhu está presente en decenas de producciones, desde los dioses infernales de “Hellboy” a la sombra de Carcosa en “True Detective” y siempre, bajo la forma de la reinterpretación de las bases de este estilo literario: si hay locura, si la vida humana parece absurdamente efímera y destinada a un fin aciago, si hay una presencia desconocida que nos manipula y atormenta desde lo inmaterial del pensamiento o las desconocidas profundidades del océano, o si simplemente hay muerte y tentáculos involucrados junto a una presencia amenazadora indeterminada, que puede ser esto, aquello u otra cosa completamente distinta, estamos hablando del horror cósmico, del terror de lo desconocido.

Robert Eggers, luego de su excelente “The Witch”, una de las mejores películas del género de la última década, toma el tópico de Lovecraft en una historia que tiene tanto de terror cósmico como queramos ver, porque otra cosa que le sobre a The Lighthouse es interpretaciones y simbolismos.

Robert Pattinson interpreta a Ephraim, un hombre joven que va a trabajar una jornada de cuatro semanas en un faro inhóspito en una isla alejada de Nueva Inglaterra, bajo las órdenes de un guarda encarnado por Willem Dafoe, suplantando a un subalterno que murió en misteriosas circunstancias, acechado por la locura y proclamando que el faro estaba encantado. Y es la relación entre estos dos hombres, la lucha por el poder y el aislamiento al que están sometidos, los que serán los grandes temas de la película. Pattinson evoca la misma fuerza actoral con la que se lo vio en películas como Cosmópolis (La adaptación de Cronenberg de la asfixiante novela de Don DeLillo) o Maps To The Stars, cara a cara con un Dafoe desatado, furiosamente shakesperiano. Esta amistad por momentos, de descarnada humanidad y confesiones descarnadas se mezcla con oscuros sentimientos de odio, en una brutal lucha entre masculinidades de hace dos siglos. Y debajo de la trama de una lucha entre egos, secretos y miserias, aislados del resto del mundo por una tormenta salvaje… subyace lo inexplicable.

The Lighthouse es una película abierta a muchísimas interpretaciones, bastante más que su antecesora. El mal que existe en el faro bien puede ser producto de la miseria humana, pero bien puede ser otra cosa, que alberga en lo peor de nosotros y lo conecta con otros planos. En cierta forma, pasa con la cinta lo mismo que con “Mother!” de Aronofsky, aunque la película de Eggers es tal vez un poco más amable en su tono críptico, con simbolismos menos forzados y un poco más abiertos a la interpretación subjetiva. Su historia es muchas cosas a la vez y no requiere aferrarse a una sola hipótesis. Tiene algunas similitudes con una película mucho menor como lo es “The Vanishing” de Kristoffer Nyholm, donde tres guardafaros se ven envueltos en una trama que mezcla el aislamiento en el que están sometidos con un crimen y sus propias ambiciones, pero la historia que cuenta Eggers va de la mano de la complicidad del espectador, con algunas pistas aquí y allá que cimientan cada una de las interpretaciones posibles.

Filmada en blanco y negro, con un formato que asemeja la fotografía del siglo 19, continúa con el estilo visualmente poderoso del director, con fotogramas que parecen cuadros góticos y que mezclan la locura de los protagonistas con el oscuro tono sobrenatural y religioso que desborda la trama. Largos soliloquios de parte de los protagonistas serían completamente ridículos e impensados si no estuvieran acompañados de un despliegue actoral soberbio de parte de Pattinson y Dafoe. Los personajes se contienen en silenciosos reflexivos solo para explotar en furiosas diatribas sobre dioses del mar y langostas, son atrapados por febriles pesadillas con sirenas y tritones y acosados por gaviotas empecinadas, muy en plan Black Phillip de The Witch. La isla es un mundo en sí, una tierra siniestra y misántropa donde ambos guardas juegan el rol de amo y esclavo, de dios y siervo, haciéndose gigantes como seres divinos, versiones de Poseidón y Prometeo que existen en su propia realidad aislada y empequeñeciendo como simples y miserables seres humanos en lo que transcurre la trama.

 The Lighthouse es un tour de force actoral, una obra que los actores llevan a cuestas a pura fuerza escénica, amparados por el poderosísimo estilo de Eggers, uno de los nombres más grandes y frescos del nuevo terror, junto con Ari Aster, Jordan Peele, Panos Cosmatos y David Robert Mitchell. Sus conceptos hacen grande el revival del terror cósmico y le brindan una visión madura, tan siniestra como los mitos de los que roba un poco de su magia, pero con un nivel de humanidad que a Lovecraft le hubiera costado escribir. ¿Qué es lo que se vive en ese faro inhóspito? ¿Es real? ¿Es ficción? ¿Es la mente humana llevada al límite o es un enigma cuya explicación no es propia de los hombres? Tal vez sea eso, lo otro y otra cosa más, porque el terror cósmico está marcado a fuego por lo desconocido y en esta película, lo desconocido es ley.

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Escritor y novelista, autor de "Los Gigantes" y "Diferentes Tonos de Rojo", devoto del cine de terror y Twin Peaks. No sabe andar en bicicleta pero se considera a si mismo un ser humano completo.