Entre la devoción al material original y la construcción de un camino propio, Damon Lindelof hace lo imposible, una adaptación que construye magistralmente en el pasado y el futuro de una de las mejores historietas de todos los tiempos.

Durante mucho tiempo confundí el concepto de Watchmen, cómo creo que lo hizo gran parte de la industria, creadores de cómics y lectores. Sabía que era una obra profunda que abordaba el mito del superhéroe de forma adulta, con una feroz carga psicológica. Pero me perdía de algo que entendí mucho después: La obra de Moore y Gibbons, además de una denuncia contra el fascismo y el vigilantismo, es una parodia, un boicot de las fantasías delirantes de adolescentes y adultos. Watchmen se burlaba de hombres y mujeres que se vestían con los calzones hacia afuera y los tomaba como patéticas personas quebradas llenas de complejos y traumas que intentaban de forma tosca, lejos de las leyendas de la edad de oro de Superman, hacer justicia por mano propia y defender al inocente. El único personaje que tenía verdaderos superpoderes, terminaba tan separado de la propia humanidad que el concepto mismo de superhéroe terminaba trunco, una fantasía quebrada. Watchmen no es una deconstrucción al género de los superhéroes, es una burla. No se puede deconstruir lo que se considera tan absurdo para ser posible.

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 Lejos de la adaptación de Snyder que malinterpretaba el núcleo de la obra original, buscando oscuridad, opresión y un estilo cool donde sólo hacía colores pulp, metaficción y parodia, el Watchmen de HBO expande y en cierta forma, hace evolucionar a la obra original, cambiando el foco de la historia, no en la guerra fría y los intentos maquiavélicos (o Alejandrinos) de un demente buscando evitarla, sino en la amenaza de la supremacía blanca y la Alt Right, la discriminación racial y los crímenes de odio en la historia norteamericana y los absurdos de un gobierno ultra progresista que parece una parodia en sí mismo.

 Lindelof, creador de la serie, no trata a la obra de original con la vehemencia sacra-cool de Snyder, sino con una devoción real al espíritu original, a esta parodia brutal, a la humana visceralidad de los personajes y al ridículo concepto de la justicia enmascarada y el vigilantismo y expande el universo con conceptos que retrotraen a la obra original cómo los policías asumiendo identidades secretas, tal cual hacían los mismos vigilantes contra los que ellos protestaban al punto de prohibirlos y llevarlos a la clandestinidad. Una historia donde los personajes originales están desaparecidos o muertos o demasiado viejos para no ser más que la sombra ridícula de un pasado aún ridículo o un inverso total a las cosas que aspiraron en su juventud.

 Sin entrar en detalles de la trama, que me parece mucho mejor abordar sin conocimiento alguno más que la muy necesaria obra original, de la que desprende y retoma conceptos, Watchmen transcurre en 2019, con flashbacks que llevan desde los 30 hasta los 80, con más giros de trama y revelaciones de las que uno puede ponerse al tanto, pero que cuadran perfectamente en el arco final, con la amenaza de un grupo supremacista blanco que se oculta bajo máscaras de Rorschach enfrentados a una fuerza policial que cubre su rostro para seguridad de ellos y sus familias, pero con el paso de los capítulos gira, se retuerce, viene, va y alcanza un clímax impresionante, aún para los estándares de una cadena cómo HBO.

 Watchmen se expande y lo hace con personajes mucho más creíbles y humanos que los que pintaron las precuelas y pseudo continuaciones que editó Dc Comics, que nadie pidió y fueron sumamente despreciadas por su creador (Que seguro despreciará también está, bien hecha como está y todo, pero bueno, cosas de Alan Moore) Los personajes nacen y se desarrollan dentro de cada una de las estructuras y temas que toca la serie y sus arcos argumentales se hacen sólidos e imprescindibles hasta tocar el argumento central y converger en un mismo punto. Un personaje representa y engloba los terrores psicológicos de ser una víctima del daño colateral en un mundo de “superhéroes”, mientras que otro abarca los “miedos” de un hombre blanco en un mundo donde las minorías “tomaron el control” y esto se debe a un gran trabajo de parte de los escritores y de un elenco de la talla de actores como Jeremy Irons, Tim Blake Nelson, Jean Smart o Regina King.

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 La banda sonora, responsable del prestigioso tándem de Trent Reznor y Atticus Ross, rescata, creo yo, lo mejor de la adaptación cinematográfica de 2005, la sensación ominosa y terrible (ya que el pulpo fue un ausente de la película) del “The End Is The Beginning” de Smashing Pumpkins pero corta esa atmósfera con canciones de los 30 o covers de Wham o con piezas de música clásica como el “Claro de Luna” de Debussy.

 Watchmen está hecha con un espíritu irreverente por momentos, rasgando el velo sagrado del cómic con un chiste de pedos en medio de un momento de tenso dramatismo o con la aparición de un superhéroe que se baña en lubricante para deslizarse entre las alcantarillas, llevando la parodia de Moore y Gibbons a un plano audiovisual que nunca parece fuera de lugar. Los trajes siguen siendo tan ridículos y cutres como en el cómic, pero casualmente, es en los personajes de Sister Night, la protagonista o Looking Glass, donde parecen estéticos y acordes. Y además, ambos tienen una excusa para lucir así. Y es en estos dos personajes, donde, a pesar de continuar con el estilo paródico, parece subyacer bajo la máscara una verdadera sensación de heroísmo, sin alcanzar la megalomanía de Ozymandias o el extremismo de Rorschach, un heroísmo real y humano contra obstáculos imposibles y calamidades metahumanas. Y este es uno de los puntos fuertes de la serie: el heroísmo sin espectacularidad. Aquí las peleas son reales, toscas, posibles, casi no hay cámara lenta y cuando la hay, es un exceso dentro de una ficción en el mundo de la serie que cuenta la historia de los antiguos vigilantes, una burla a la estética grandilocuente y psicodramática de la adaptación de 2005. Y el tono, aunque a mi entender se vuelve un poco novelesco y lacrimógeno en los últimos capítulos y busca cerrar la mayor cantidad de cabos sueltos, nunca pierde la consistencia, nunca está fuera de lugar y siempre parece digno del material original.

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La serie hace algo francamente heroico, porque es una continuación de un cómic, que se saltea su adaptación más conocida, en la que no aparecen casi personajes familiares y el elenco es básicamente original, que busca de forma exitosa adaptar lo inadaptable, y que logra lo imposible: sumar. Sumar a la mitología original, sumar a la expansión de la obra, evolucionar el concepto y transformarlo en una versión aún más completa de sí mismo. Es un milagro comercial, una serie que resulta casi imposible de imaginar cómo pasó el filtro de ejecutivos y directores y llegó a nuestras manos.

En resumen

Watchmen es tan digna que cierra en nueve capítulos (cómo las nueve viñetas de las páginas de la obra) una historia que no solo continúa de forma novedosa y refrescante la trama original, sino que aporta al cómic mismo, aportando cimientos a personajes y eventos que termina retomando en su continuidad. Cómo dije antes, un milagro televisivo, una serie que por ningún lado se entiende cómo llegó a la luz y que demuestra que muchas veces, la valentía de personas que deciden arriesgar todo en una fórmula poco común, puede dar resultados como una de las mejores series del año. 

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