La ópera prima de la directora cordobesa Sabrina Moreno fue presentada en el Festival Internacional de Mar del Plata. La vimos, te contamos de qué va y qué dijo su directora al respecto.

Una pareja y sus tres hijos se dirigen a vacacionar a la costa argentina, el destino elegido es la ciudad de Mar del Plata. En vísperas de la celebración del trigésimo cuarto aniversario del festival más importante de Latinoamérica, la pequeña ópera prima de la cordobesa Sabrina Moreno arriba a la gran pantalla pisando fuerte y con la promesa de una carrera incipiente que tiene mucho por aportar.

Lola (Umbra Colombo) y Ricardo (Beto Bernuez) hace décadas que están juntos. La aparente estabilidad en la que sostienen su vínculo conyugal se refuerza en la relación con sus hijos. Unas vacaciones familiares parecieran marchar sin mayor dificultad hasta avanzado el metraje. Pero en un determinado momento, la situación de Lola se torna incómoda y ambigua, donde el presagio del fin de su matrimonio comienza a tomar dimensiones concretas. Tal aspecto es relevante destacarlo, dado que la película oscila dentro de los planos reales y oníricos, jugando asimismo con los tiempos del pasado y del presente.

 A través de imágenes poéticas que intentan resaltar la transición angustiosa de nuestra protagonista, observamos la perspicacia y atinada decisión por parte de su directora, en ahondar sobre aquellos aspectos que exceden lo obvio u alevoso de las señales que dan cuenta del fin de un amor. En algunos casos, los recursos ya conocidos se articulan como algo necesario y definitorio (véase el tema de los flashbacks), pero el giro original de “Azul el mar” reside precisamente en la instalación de imágenes que evocan estados de ánimo y la conexión directa con la naturaleza.

Lola necesitaba imperiosamente alejarse de la gran ciudad y de la vorágine cotidiana para reconectarse con el mar, los árboles, la arena y la naturaleza en su totalidad, dado que la sapiencia ancestral de la misma y los elementos que la componen, pueden resultar un factor de desahogo que ayudan a una mujer perdida a tomar el coraje que precisa, aquello que repele por un complejo de culpa y sentimiento de melancolía.

“Dependiendo de la luz, el color del mar puede variar” asegura Ricardo a una de sus hijas. Quizás lo metafórico del título resida en esta frase puntual. Los vínculos son percibidos dependiendo de la óptica de sus participantes. Mientras Lola anticipa el fin de una etapa, Ricardo propone abnegadamente insistir en la unión y la templanza, como si se tratara de un mal tiempo, algo efímero que barre y pasa, pero que logra reacomodarse sin demasiadas modificaciones.

La experiencia de estar en el Festival Internacional de Mar del Plata, mirando estas pequeñas joyas ocultas y conociendo en mayor profundidad a sus realizadores y elenco-como fue el caso de esta película-nos proporciona otros aditivos funcionales al ojo crítico, ya que uno logra inmiscuirse en el origen y meollo de esa película en concreto. Las experiencias del rodaje, la construcción de los escenarios, vestuarios, musicalización y la voz de sus protagonistas al contar intimidades de sus trabajos, forma parte de la liturgia propia de un festival de cine que a través de  estos recursos y tantos otros, logra volver difusa la línea entre el cine y el espectador.

Tuvimos la oportunidad de ir a la función de “Azul el mar” y luego de la proyección casi la totalidad del equipo (incluyendo a su directora) estaba presente. Sabrina Moreno, emocionada hasta las lágrimas, contaba acerca de la dificultad de llevar un proyecto a la pantalla grande y asimismo de la satisfacción que implica poder concretar ese sueño. “Rodar con Umbra y con Beto fue algo muy fácil, el clima que se creó entre todos incluyendo a los chicos fue algo maravilloso. La química entre todos fue inmediata y terminamos siendo como una especie de familia”.

Moreno también destacaba el placer de que su trabajo sea aceptado, dado que al ser principiante, todas las sugerencias que podían llegar a acercarle venían dadas desde el respeto y la buena voluntad. Si hay algo innegable luego de mirar la película, es precisamente la estrechez de los lazos entre sus participantes. La dinámica natural de una pareja y sus vástagos se configura sin grandes dificultades y hasta por momentos pareciera que el filme se transforma en algo de corte documental o de video casero familiar.

La importancia de apostar por el cine nacional no sólo reside en aspectos económicos, la cantidad existente de películas con poco presupuesto y difusión hace que perdamos de vista productos de calidad y con impronta propia. “Azul el mar” es uno de esos casos.

“Pensar en una dinámica de parejas sirvió como disparador para decir otras cosas” afirma su creadora. Y qué mejor que patentar semejante afirmación a través del lenguaje cinematográfico. La belleza y lo distintivo de este filme residen principalmente en aquello que no se dice de manera tradicional, sino en todo lo que se construye desde lo surreal para transmitir significados y estados anímicos.

La temática del amor de pareja puede resultar un hastío en ciertas ocasiones. Uno presupone que no hay mucho más por ver o por contar, pero lo novedoso de esta película reside en la forma en que se cuentan las historias y no precisamente en el cliché de lo alevoso y metódico. “Azul el mar” rebasa de fuerza, sincretismos y poesía para contar el ocaso de un amor. 

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