Este año fue motivo de dicha para aquellos fanáticos de Disney. Luego de una serie de estrenos que apelan a nuestra memoria y nostalgia cinéfila, hemos visto circular por la pantalla grande en sus versiones live-action Dumbo de Tim Burton, Aladdin de Guy Ritchie y el ansiado estreno de la cuarta parte de Toy Story.

Pero estaba latente la sombra de otro clásico, aquel que se considera la obra por excelencia dentro del “renacimiento de Disney”, que dejó secuelas impactantes en sus espectadores y cuya sombra es tan gigante y poderosa que era prácticamente imposible estar a la altura de las circunstancias. Estamos hablando nada más y nada menos que de la película “El rey león”, estrenada en 1994 que en junio pasado cumplió sus 25 años de longevidad. 

No muchos largometrajes tienen la capacidad de envejecer con dignidad y transformarse en clásicos imbatibles dentro de la historia del cine, pero “El rey león” dio cátedra en este aspecto y es difícil encontrar oposición a la hora de ponderarla en este lugar de privilegio. La muerte de Mufasa, aquel momento donde el clímax de la película asciende y se desencadena el destino de nuestro protagonista, se erige como una escena maravillosa e inolvidable que estruja corazones en nuestra infancia como asimismo en la adultez. 

Jon Favreau -luego del éxito cosechado en su nueva versión live-action de “El libro de la selva” (2016)- se puso al mando la dirección de la nueva versión del clásico animado, mientras que   Jeff Nathanson fue el encargado del guión. ¿Cuál fue el gran desafío de esta remake? La respuesta es clara: el hiperrealismo de las imágenes. 

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La apuesta por revivir este tipo de experiencias cinematográficas, que apelan a los increíbles avances tecnológicos propios de los tiempos que corren, puede erigirse como flaqueza dentro de la experiencia emocional del filme. Si bien el virtuosismo de las imágenes logra mostrarnos un aspecto de la sabana africana, el reino “Pride Lands” y sus simpáticos y entrañables habitantes más vinculados a la “realidad”; el cimbronazo emotivo que conquista la versión animada queda rezagado frente a tanto preciosismo visual.  

La gestualidad de los personajes, aquella que lograba acercarnos a la naturaleza de sus caracteres, queda un poco entorpecida frente a esta nueva versión hiperrealista de la historia. Pero también es importante destacar el hecho de que la figura del antagonista y villano por excelencia, Scar, fue lograda con creces. Las aristas de la compleja personalidad de este felino fueron en cierta manera aprovechadas al máximo, ya sea desde la configuración de su debilitada corpulencia, hasta la introducción de Chiwetel Ejiofor dándole voz y vida como providencia más que acertada en materia de casting. 

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Los entrañables y carismáticos Timón y Pumba también logran evocar exitosamente las figuras animadas de sus antecesores, y la selección de Seth Rogen (Pumba) y Billy Eichner (Timón) funcionan acertadamente al interior de la historia. Hakuna Matata no perdió su alegría primaria y podemos disfrutar ese recorrido temporal con la magia característica de sus personajes. 

Donald Glover (también conocido como Childish Gambino) y Beyoncé -ambos provenientes del mundo musical- son aquellos encargados de prestarles voz a nuestros protagonistas Simba y Nala. La versión de “Esta noche es para amar”, intensifica los sentidos al ser interpretada por dos artistas de tamaño calibre. Daría la impresión que en esta nueva adaptación tal escena fue reducida, pero no altera la atmósfera romántica de ese encuentro. 

No sucede lo mismo con el caso de “Yo quisiera ya ser el rey”, donde lo inverosímil de ese episodio, aquel donde deambulan multiplicidad de animales salvajes y terminan apilados los unos encima de los otros, no puede solventarse en su versión realista de los hechos. Lo hilarante, disparatado y colorido de su versión original, rápidamente se disipa al encontrarnos con algo realizado dentro de la medida de “lo posible”.

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 “¡Listos ya!” fue la más afectada dentro de la ecuación. Ese Scar, que veía desfilar en hileras militarizadas una horda de hienas a su servicio, fue dado de baja para acercarnos a un personaje igual de siniestro y manipulador, pero con un poder más bien limitado. Uno de los pequeños giros o aportes es la desconfianza de las hienas hacia los leones como especie en general: no actúan necesariamente como tontas sumisas que sucumben a las promesas del ambicioso villano. 

Aquella marcha propia de las hileras nazis documentadas por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad” (1934) y abordada desde otra perspectiva en la versión del ’94, es dejada atrás para otorgarnos una escena menos detallista de tales acontecimientos. Un león ansioso de poder trepa ágilmente convocando la ayuda de las hienas sobre una base de falsas promesas. Nada de marchas militares o guiños cinematográficos que funcionan como críticas sociales. 

Los aportes narrativos fueron prácticamente inexistentes, hecho que divide a la crítica internacional donde los detractores de la misma sostienen que lo desacertado de esto fue llevar a cabo una especie de “refrito” de su versión original, con ambiciones marketineras y de recaudación que nada nuevo o novedoso aportan a la historia. 

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Si bien no puede dudarse la veracidad de lo alevoso -cierto es que no hay grandes giros argumentales, se trata de la misma película pero en su versión live action– también resulta importante destacar el preciosismo de sus imágenes.  Esa sabana africana que vimos en su máximo esplendor al ser gobernada con altruismo, benevolencia y mesura por la figura del malogrado Mufasa, parece sacada de un documental propio de la National Geographic

Los cambios temporales acompañados de la fabulosa música original, arrojan un halo de misticismo sobre ese paisaje. La armonía de los escenarios y la perfección estética aportada por un eximio trabajo fotográfico y digital, nos invitan nuevamente a explorar como espectadores la majestuosidad de esos territorios y la vida de sus habitantes.

Respecto al guion, pensemos lo siguiente ¿cuán acertado hubiera sido el aporte de grandes giros narrativos? Estamos hablando del clásico animado por excelencia dentro del universo cinematográfico de Disney, ¿cuántos espectadores desearían haber visto afectada la fábula que marcó a fuego su infancia con fines de mostrar algo nuevo o distinto? 

Está claro que el objetivo de sus realizadores fue concretar un homenaje que apele directamente a la nostalgia de todos los fanáticos, donde una nueva versión que potencialmente alterara alguno de los hechos o personajes, podía implicar un fracaso estrepitoso en la taquilla internacional y la desilusión profesa de los fanáticos de la misma. 

El Rey León, una vez más, y fuera de sus disputas acerca de sus deseos lucrativos y la carencia de originalidad, sigue siendo una obra sublime en todo su esplendor. Exquisita visualmente, incitamos a verla en pantalla grande para que lo envolvente del sonido y lo grandilocuente de sus paisajes, nos sumerjan nuevamente en esta versión shakesperiana de la historia de Simba, sus amigos y su legado dentro del ciclo de la vida.

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