“¡Que dichosa es la suerte de la vestal inocente!
Al mundo olvida, por el mundo es olvidada
¡Eterno resplandor de una mente sin recuerdos!
Cada plegaria aceptada, y cada deseo abandonado”

Alexander Pope

Un andén, un hombre y una espera. En el comienzo de la película observamos cómo súbitamente nuestro protagonista, Joel Barish (Jim Carrey), siente un impulso irrefrenable de dirigirse hacia Montauk, ¿Por qué? ¿Cuál sería el verdadero motivo de esa supuesta búsqueda?

Durante los primeros minutos de la película, los espectadores nos encontramos tan desconcertados como Joel. Al fin y al cabo alguien que parece ser una persona racional y contenida, siente la necesidad de correr hacia un lugar sin motivo aparente. Decepcionado por una búsqueda infructuosa decide vagar por las playas de Montauk y divisa una mujer de pelo azul, con la cual, de vuelta a casa, cruza palabras en el tren y descubre que se llama Clementine Kruczynski (Kate Winslet).

Nuestra protagonista femenina parece ser todo lo opuesto a Joel: fuerte y llamativa resulta ser impulsiva, abierta y dinámica. Habla por demás e intenta socavar en la personalidad meditabunda y melancólica de Joel quien pretende esquivarla con poco éxito.

Un recurso muy utilizado, que sirve para ejemplificar parte del entramado complejo de su personalidad, sería el caso de la alternancia del color del pelo; situación que viene acompañada de un cambio radical de ánimo: naranja estridente en los momentos de profunda felicidad y azul cuando se siente atravesada por una melancolía crónica, por una especie de falta o de sensación de estar siendo olvidada.

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Joel se sumerge en el universo de Clementine atraído por esta mujer poco convencional y decide llevarla hasta su casa. Este es el comienzo de lo que superficialmente resulta ser una historia de amor fresca y casual, cuando de improviso descubrimos una cinta en la cual ella confiesa haber estado enamorada de él en el pasado y decide borrarlo de su memoria. Despechado, se marcha hacia su casa para terminar descubriendo que él también había llevado a cabo este procedimiento.

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Esto trae como punto de partida una serie de flashbacks donde podemos visualizar la enorme fuerza narrativa de la película, que recae en una serie de elementos surrealistas y oníricos, donde todo nos conduce a diseccionar una historia de amor que resultó malograda.

Joel sin embargo, durante el proceso de “vaciamiento” de su memoria, se siente arrepentido y decide retener a su ex novia. La lleva a aquellos lugares reprimidos, como la humillación de su infancia y adolescencia (las escenas de masturbación y la matanza de un ave funcionan como vías de escape). Piensa puerilmente que allí estarán a salvo, hasta que logra ser descubierto y comienza la recta final de resignación y disfrute de los momentos compartidos.

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La deconstrucción de los recuerdos de nuestro protagonista trae aparejada una profunda reflexión poética acerca de los vínculos y del desamor. Todos nos enamoramos en algún momento determinado y sentimos la punzada latente de la desilusión al dar por concluida una historia. Tenemos que confesar que la idea de una “máquina borradora de recuerdos” puede resultar altamente tentadora.

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El problema es que en verdad (o al menos el mensaje que intenta transmitirnos esta enorme película) es que no podemos escaparnos de lo que los romanos denominaban “Fátum” que no es ni más ni menos que el destino, aquello que románticamente se considera que excede a nuestra propia existencia y tiene un origen sobrenatural, el cual actúa de forma insoslayable como guía de la vida de los hombres.

Así que nos encontramos frente a la figura de este Edipo moderno, que no logra escaparse de su propio destino, el cual lo empuja a reencontrarse con quien fue el amor de su vida; en aquel lugar donde se vieron por primera vez y donde ella durante el resquebrajamiento final de sus recuerdos, le pide al oído que la reencuentre allí mismo.

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Por este motivo Joel corre hacia Montauk, porque necesita inconscientemente recuperar algo que en apariencia desconoce o le fue arrebatado. El reencuentro entonces resulta inevitable, a pesar del desconocimiento de la pareja protagonista.

Durante el desenlace final vemos a una Clementine frustrada escuchando los motivos por los cuales él la borró de su vida. Y la verdad pesa, y duele, pero también exonera.

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En una reflexión puntual del discurso de Joel, se resume su malestar en una frase que versa: “es doloroso pasar tanto tiempo con alguien, solo para descubrir que es un desconocido”. En un final de lo más emocionante y esperanzador, observamos cómo el amor verdadero vence al tiempo, a la memoria, a los prejuicios y al desgaste propio de la vida en conjunto y actúa como motor vital que logra abrirse paso frente a la adversidad.

¿Por qué resulta necesario re visionar una película de semejante entramado emocional? Precisamente porque en la opresión que genera la convivencia con el otro en un mundo alienado, en más de una oportunidad nos encontramos inmersos en los mandatos que sostienen al “status quo”, y perdemos la verdadera dimensión de la memoria emocional y de la importancia de los vínculos que forman parte constitutiva de la misma.

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Para que exista esa memoria son ineludibles los recuerdos. Si las cosas suceden, si las personas nos atraviesan y si las historias resultan hermosas o frustradas, todo pareciera formar parte de una lógica universal que nos excede pero que funciona de enseñanza vital.

En el extracto del poema de Alexander Pope (citado al principio del texto) claramente se alude al facilismo de “vivir desmemoriado”; en fin, cuánta riqueza perderíamos de esta existencia si no hubiera momentos o personas para recordar, que asimismo nos inviten a la reflexión y al aprendizaje. La trascendencia individual depende de este proceso.

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El amor verdadero en este caso resulta vencedor, quizás parezca conceptualmente cliché o reiterativo, pero Michel Gondry (director) y Charlie Kaufman (guionista) nos demuestran a lo largo de esta cinta, que todos resultamos estar configurados para amar y ser amados; y retomo el concepto de “Fátum” donde pareciera ser que es una condición inherente al ser humano vivir historias de amor inevitables y descarnadas.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, evoca la importancia de los lazos, de la memoria, de los momentos intermitentes que dejan huella y que forman parte de nuestra existencia efímera pero extraordinaria.

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Amante del cine desde temprana edad, todo resultó ser amor a primera vista a partir de Cinema Paradiso. Licenciada en Relaciones Públicas y dejando inconclusa una licenciatura en Historia de las Artes Visuales, sigo reafirmando con el paso del tiempo que mi gran pasión continúa siendo el séptimo arte. Mi gratitud hacia los momentos maravillosos que me regalaron infinidad de películas, fue el puntapié inicial para rendirles homenaje a través de la escritura.