Daniel Day-Lewis vuelve a retirarse del cine, del que ya estuvo alejado a finales de los años 90, cuando se retiró a Florencia, donde aprendió a ejercer el oficio de zapatero. Sólo la llamada de su amigo Martin Scorsese para interpretar a El Carnicero Bill en Gangs of New York le sacó de su voluntario retiro. Desde entonces, Day-Lewis ha escogido sus papeles con su detallismo habitual, dejando pasar varios años entre proyecto y proyecto, y ha llenado las estanterías de su casa irlandesa de Wicklow con dos Oscar a mejor actor por There will be blood Lincoln, que se suman al que ya consiguió por Mi pie izquierdo en 1989.

Ahora, a punto de cumplir 61 años, el tiempo juega en su contra y puede que sea muy tarde para desdecirse de su retiro pero, en cualquier caso, si Phantom Thread supone el testamento cinematográfico del inigualable actor británico, nos encontramos ante otra interpretación sublime que cerraría por todo lo alto su carrera.

Y esque se antoja complicado que cualquier actor que compita contra Daniel Day-Lewis este año (otro más) pueda vencerle el pulso. Su creación del modisto Reynolds Woodcock es de una complejidad absoluta, de unos matices hipertrabajados y tremendamente sutiles y de una meticulosidad que uno se pregunta hasta qué punto el actor supo separar su persona del personaje. A tenor de las declaraciones de su compañera en el film de Paul Thomas Anderson, Vicky Krieps, no mucho. Krieps ha citado que incluso cuando las cámaras dejaban de grabar, se dirigía a Day-Lewis como “señor Reynolds”. 

Es más que probable que Gary Oldman se lleve el Oscar a casa este año por su imitación  de un personaje real como Winston Churchill, pero que carece de una profundidad dramática y de una sutileza del que el Reynolds Woodcock de Daniel Day-Lewis va sobradísimo. Cada mirada, cada gesto, cada verbalización de sus frases es un homenaje a la profesión de actor, que Day-Lewis ha engrandecido a cada nuevo papel que ha interpretado y que puede tener un colofón perfecto con su trabajo en Phantom Thread.

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