El cine nacional despide a Luis Puenzo, una figura clave: autor de la película que marcó un antes y un después dentro y fuera del país.
El cine argentino perdió a uno de sus nombres más influyentes. Murió Luis Puenzo a los 80 años, dejando detrás una obra que no solo trascendió fronteras, sino que también ayudó a narrar uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente del país. Su nombre quedó definitivamente inscripto en la historia grande gracias a La historia oficial, el film que en 1986 se convirtió en la primera producción argentina en ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera. Pero reducir su carrera a ese logro sería quedarse corto: Puenzo fue uno de los cineastas que entendió que el cine también podía ser una herramienta para interpelar, incomodar y construir memoria.
La cinta que lo llevó a la cima
La historia de esa película es inseparable del contexto en el que nació. En plena salida de la dictadura, cuando muchas verdades todavía circulaban en voz baja, el director eligió contar una trama íntima que reflejaba un drama colectivo. La mirada de una madre enfrentándose a la posibilidad de que su hija fuera apropiada durante el terrorismo de Estado logró conectar con el público local y, al mismo tiempo, conmover al mundo.
A partir de ahí, su carrera se movió entre la dirección y la producción, con títulos como La peste y La puta y la ballena, en los que volvió a demostrar interés por historias atravesadas por conflictos humanos y contextos complejos. También tuvo un rol activo en el crecimiento de la industria, participando en iniciativas clave para el desarrollo del cine argentino contemporáneo.

Su etapa en el INCAA
En esa línea, su paso por el INCAA entre 2019 y 2022 lo volvió a ubicar en el centro de la escena, aunque ya desde otro lugar. Su gestión estuvo marcada tanto por decisiones importantes como por tensiones y cuestionamientos dentro del sector, en un período atravesado por cambios y debates profundos sobre el rumbo del cine nacional.
Con sus luces y sombras, Puenzo fue una figura imposible de ignorar. Su legado excede premios y cargos: está en haber puesto en imágenes una historia que necesitaba ser contada cuando todavía era difícil hacerlo.
Su muerte no solo marca el adiós a un director consagrado. También invita a volver sobre una obra que sigue vigente, que sigue generando preguntas y que, sobre todo, sigue recordando que el cine puede ser mucho más que entretenimiento.









































