El argentino Julio Macat fue el director de fotografía del clásico infantil que hizo que todos alguna vez quisiéramos convertir nuestra casa en una trinchera y combatir ladrones.

Después de hablar casi una hora a solas con Julio, llegó un correo suyo en el que pedía que no nos olvidemos de mandarle saludos a los Macat y a los Valdano de Rosario y Buenos Aires. Es que él se fue a los 14 años a Los Ángeles, allá por la década del 70 en la que las cosas no andaban bien para la economía argentina, y los compromisos laborales no le permiten venir tan seguido. Y extraña.

Julio Macat es miembro de la American Society of Cinematographers y su vida le fue marcando poco a poco el camino para convertirse en director de fotografía. Cuando llegó a los Estados Unidos se anotó en una escuela en la que habían descubierto petróleo y pudieron financiar hasta un estudio de televisión propio en el que comenzó a practicar.

No pasó mucho tiempo hasta que empezó a codearse con distintos directores y coincidió con el ruso Andrei Konchalovsky, con quien hizo Tango and Cash (1989), película protagonizada por Kurt Russell y Sylvester Stallone. Al estudio (Warner Bros.) le gustó tanto su trabajo que inmediatamente lo pusieron a trabajar a la par de Chris Columbus en un pequeño proyecto para la familia: Mi pobre Angelito.

—La película tiene casi 30 años, ¿pensaban que se iba a convertir en semejante clásico?

—Con Chris siempre hablábamos que queríamos hacer algo con el mismo espíritu que Un cuento de Navidad: que sea para las fiestas y que entretenga a la familia y los chicos. Hice casi cuarenta films y muy pocas veces pasó que todos los departamentos se elevaron juntos a otro nivel; el guión era perfecto, el chico era un actor perfecto, la fotografía la había pensando en relación con la música, que para mí es importante para el ritmo, y John Williams la compuso. Era como un seleccionado, toda gente que estaba tratando de hacer algo muy bueno.

—¿Cuál fue tu aporte desde lo estético?

—Para la película empecé a pensar como un nene de 7 años. Andaba por el piso, me fijaba en cómo se ve todo desde el punto de vista de un niño. Elegí lentes amplios para mostrar eso, escenas que son bien grandes, iluminé un poco más de lo normal por cómo lo ven los niños. Era todo un poco experimental también, porque uno no sabe si la teoría iba a aplicar.

—Un caso puntual es la escena del sótano…

—Originalmente lo iban a hacer con efectos especiales, iba a costar como 150 mil dólares, y desde el estudio se opusieron así que tuvimos que hacerlo de forma práctica. Se nos ocurrió hacer un efecto de luz y pusimos un lente más amplio todavía, para que todo parezca un sueño, porque originalmente iba a ser un sueño y después lo cambiaron para que fuera real.

—¿Fue muy difícil hacer la escena con la araña?

—(Risas) Había un entrenador de animales que vino con la tarántula. Antes de rodar, Daniel (Stern) dijo: “Quiero confirmar que está entrenada y no va a morder”. Pero el tipo le explicó que “las tarántulas no se pueden entrenar, pero no creemos que te vaya a morder porque nunca mordió a nadie”. Daniel se enojó por eso, y dijo: “Bueno, está bien, hagámosla”, se la puso en la cara y reaccionó como se vio en la película.

—Hicieron una sola toma…

—Una sola toma, nunca más lo iba a hacer (risas).

—¿Cómo fue trabajar con Macaulay Culkin?

—Tenía 9 años y era muy especial, es un actor muy natural, le encantaba el trabajo, estar con nosotros. Yo lo tenía siempre a upa mirando la cámara y le enseñé a usar la cámara. Le encantaba, estaba muy contento, para él era todo una fantasía. Me parece que su vida normal era un poco fea, su padre era una persona difícil, lo dejaban mucho tiempo solo; a veces estaba cansado en el set, Chris le preguntaba qué le pasaba y él nos contaba que se quedaba hasta la una de la mañana viendo televisión.

—Kevin también miraba bastante televisión, particularmente Angels with filthy souls. ¿De qué forma prepararon esa pequeña película dentro de la trama?

—La hicimos el día antes de empezar a filmar en Chicago. La idea era tratar de hacer algo que se pareciera a las películas de gángsters. Le propuse a Chris de hacerlo en blanco y negro, con un equipo similar al que usaban en los rodajes de antes. Traté de pensar cómo habían hecho esas películas y recrear esa onda.

—Volviste a trabajar en la segunda Mi pobre angelito, donde aparece Donald Trump…

—Él quiso meterse a toda costa. Vio que estaban filmando y se metió, quería hablar con todos. Finalmente, hizo su parte: pasó, se dio vuelta y miró a la cámara. No estaba guionado, se tiró a hacerlo él mismo. Era el dueño del hotel y como filmamos más de un mes ahí, queríamos mostrarnos agradecidos.

—Hay varios puntos emblemáticos de Nueva York en la película, pero te las ingeniaste para meter un aporte argentino: la estatua de San Martín de Central Park. ¿Cómo lo propusiste?

—Fue más accidental que eso, el chico salía del parque, y yo estaba buscando algo como para meter en un primer plano de la escena. Dio casualidad que salía por un caminito y vi la estatua apuntando. Dije que sería interesante ponerlo como que lo estuviera guiando a donde tenía que ir. Para hacer la toma conseguí una grúa que subió la cámara como 10 metros y ahí se hizo sola. En fotografía esos son los regalos que te caen del cielo.

—Sobre el final de la película Kevin está solo en el árbol de Navidad del Rockefeller Center, un punto turístico que siempre está lleno de gente. ¿Cuánto les costó hacer la escena?

—Conseguimos un permiso especial y lo hicimos en octubre. Tuvimos que pagar para poner el árbol antes de tiempo y ese año el árbol estuvo como dos meses más de lo normal.

After the wedding, su último proyecto podrá verse en Sundance

Después del éxito de Mi pobre angelito, que Julio asegura que fue su película favorita y que jamás vio en español, vio como poco a poco lo encasillaban en el mundo de la comedia. “En Hollywood la gente quiere apostar a lo seguro, y me metí en demasiado esa trenza. A mí me encantaba hacer dramas y se me hizo muy difícil”, explica el director de fotografía.

De esta forma terminó trabajando con íconos del humor como Jim Carrey en Ace Ventura, Eddie Murphy en El profesor chiflado, y Will Ferrell en Los rompebodas, a quien señala como su favorito. Fue Antonio Banderas en 1999 el que le ofreció un drama, Locos en Alabama, y pudo darse el gusto de correrse un poco de la comedia.

Ahora, recién llegado de la India gracias a su último proyecto, After the wedding, se manifiesta muy entusiasmado y optimista con el futuro del film. Se trata de la remake de una producción danesa nominada como mejor película extranjera en el 2006 que contará con los protagónicos de Julianne Moore y Michelle Williams, y se espera que tenga un recorrido por festivales, empezando por Sundance.

La historia se centra en un orfanato al que salva una misteriosa donación, que la directora de la institución debe recibir en persona en una reunión que le cambiará la vida. El guión y la dirección quedaron a cargo de Bart Freundlich, el esposo de Moore, quien se encargó de adaptar el libreto y modificar el foco para que el peso de la trama sea contado por protagonistas mujeres y no por actores, como ocurría en la versión original.

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