El cierre de Stranger Things 5 se dio con una era de sacrificios, símbolos ocultos y una verdad inquietante sobre el mal.
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El final de Stranger Things 5 no buscó ser cómodo ni predecible: eligió ser emocional, ambiguo y profundamente simbólico. Lejos de una conclusión clásica con respuestas cerradas, la serie se despide dejando claro que Hawkins nunca fue solo un pueblo maldito, sino el escenario donde un grupo de chicos aprendió que crecer también implica perder.
El último enfrentamiento contra Vecna funciona más como un punto de quiebre que como una victoria absoluta, porque lo que realmente se derrota no es a un villano puntual, sino la ilusión de que el mal puede eliminarse para siempre. La batalla final deja en claro que Vecna no era el origen, sino una pieza más de algo mucho más antiguo y abstracto, una fuerza que se alimenta del dolor, del miedo y de las grietas emocionales de los personajes. Como siempre lo supo Dustin, el villano era un General, y el verdadero monstruo, era el Azotamentes.
En ese contexto, el destino de Once se convierte en el núcleo emocional del cierre. Su sacrificio, nunca confirmado de forma explícita, es el gesto definitivo que permite sellar la conexión entre Hawkins y el Upside Down. La serie elige no mostrar un cuerpo ni una despedida clásica, dejando abierta la interpretación: Once puede haber muerto salvando a todos o haber desaparecido para vivir lejos de aquello que la convirtió en un arma. Esa ambigüedad no es un truco narrativo, sino un mensaje claro: Once deja de pertenecer al conflicto y pasa a ser un mito dentro de la historia, la pieza que permitió que todo terminara.

¿Cuál fue el destino de los diversos personajes?
El resto del grupo, que posee una escena final por separado, encuentra cierres más humanos, pero igual de potentes. Mike queda como el narrador de la historia, el que conserva la memoria de lo vivido y entiende que amar también implica aceptar la ausencia. Dustin canaliza el dolor a través del entusiasmo, manteniendo viva la chispa de la aventura y convirtiéndose en el nexo entre la infancia que se fue y la que empieza para otros chicos. Lucas, marcado por la pérdida y el trauma, logra finalmente mirar hacia adelante y pensar un futuro lejos de la violencia, mientras Max sobrevive como recordatorio de que algunas batallas dejan marcas permanentes, pero no quitan la posibilidad de seguir.
Will, en cambio, cierra el arco más silencioso y profundo de la serie. Después de haber sido el primero en estar conectado al Upside Down, es también quien logra desprenderse definitivamente de esa sombra. Su final no es épico ni ruidoso: es íntimo. Encuentra paz, identidad y pertenencia, dejando atrás el rol de víctima para convertirse, por fin, en alguien que puede elegir su propio camino. Nancy y Jonathan también llegan a una resolución inevitable: ya no están unidos por el trauma, sino por el reconocimiento de que crecieron en direcciones distintas. Su separación no es un fracaso, sino una señal de madurez. Nancy se proyecta hacia un futuro lejos de Hawkins, decidida a contar historias en el Boston Herald y a no callar nunca más, mientras Jonathan elige seguir su pasión y sumergirse en la escuela de cine de Nueva York.




Steve y Robin representan otro tipo de cierre: el de quienes se encontraron a sí mismos en medio del caos. Steve deja atrás su necesidad de ser el héroe físico para asumir un rol más emocional, entendiendo que su valor no estaba en la fuerza, sino en el cuidado de los demás. Se convierte en el entrenador de béisbol de un grupo de jóvenes. Robin, fiel a su esencia, termina siendo la que nunca deja de cuestionar, de incomodar y de mirar el mundo con ironía, pero también con una empatía que la convierte en una pieza clave del grupo incluso cuando todo ya terminó, y se dedica a estudiar en el Smith College. Hopper y Joyce, por su parte, encarnan la reconstrucción: no como salvadores, sino como adultos que decidieron quedarse, resistir y darle a Hawkins la estabilidad que nunca tuvo.
El plano final, con nuevos chicos sentados alrededor de una mesa de Calabozos y Dragones, no anuncia una continuación directa ni plantea una nueva amenaza. Lo que hace es cerrar el círculo. Stranger Things termina diciendo que las historias se repiten, que el miedo cambia de forma y que la aventura no pertenece a una sola generación. Hawkins sigue en pie, el Mundo del Revés queda sellado, pero la imaginación permanece abierta. Por eso el final no es feliz ni trágico del todo: es melancólico, adulto y honesto. Una despedida a la altura de una serie que empezó hablando de monstruos y terminó hablando de crecer.

















































