La película de la cineasta argentina Paula Hernández se estrena hoy en las salas nacionales. Cinéfilos tuvo la oportunidad de mirarla en el Festival Internacional de Mar del Plata y te contamos de qué va.

Agua. El agua parece emanar con violencia desde algún lugar de ese micro-espacio que se plantea en una primera imagen. Una mujer que duerme pacíficamente en su cama se despierta sobresaltada por ese ruido con desconocido origen. Como espectadores seguimos a su protagonista Luisa (Érica Rivas) a encontrar el inicio de ese sonido y observamos el escenario prototípico que arma alguien previo a tomarse un baño: canillas abiertas y ropa tirada en el piso pero nadie se halla presente.

Luisa camina por la casa buscando desesperadamente algo, aquello que descubre la presencia de su hija adolescente Ana (Ornella D’Elia) parada frente a la nada, desnuda y sonámbula. La sangre brota desde su entrepierna, dando cuenta de que estamos frente a una mujer que atraviesa el clásico y natural período menstrual, pero ese factor sanguíneo se concibe como algo más simbólico y enquistado hacia avanzado el metraje: es el presagio de una tragedia truculenta que tiene su origen dentro del propio seno familiar.

La sinopsis de Los Sonámbulos versa un argumento bastante simple que reside en la reunión de fin de año de una familia, encabezada por la matriarca Memé (Marilú Marini) y sus tres hijos Emilio (Luis Ziembrowski), Sergio (Daniel Hendler) e Inés (Valeria Lois). Luisa está casada con Emilio siendo la única nuera presente, dado que Sergio está separado y lleva consigo sólo a dos de sus vástagos e Inés es una madre soltera que tiene un bebé que llora seguido y a quien  apenas puede controlar.

No es tampoco producto del azar que su suegra tome de punto a Luisa, ya que se trata de la única “ajena” a su propia sangre. Una de las críticas que mayormente se le hace, anida en la sobreprotección que manifiesta la misma hacia su hija adolescente Ana. Otro de los conflictos declarados es la venta de la propiedad de campo en la que todos se encuentran celebrando las fiestas. Mientras que Memé busca la practicidad de deshacerse de una casa que lo único que genera son gastos, Emilio su hijo mayor, siente que la retención de ese espacio representa los cimientos de una estructura familiar que se desmorona vertiginosamente.

La llegada de Alejo (Rafael Federman)-el nieto mayor de Memé e hijo de Sergio- termina de trastocar toda la lógica de orden posible al interior de esa familia disfuncional, que avanzados los días de convivencia, no hace más que reafirmar la falta de empatía y entendimiento entre los miembros que la componen. Alejo es alguien “de mundo”, viajado, un poco mayor que Ana y bastante carismático y comprador, aquel que se constituye como una pieza irresistible para quebrantar la monotonía de los vínculos preestablecidos y se erige como figura seductora que coquetea descaradamente con Luisa y Ana, desatando los celos de esta última.

Pero dicen que los años no vienen solos y Luisa dada su experiencia desconfía de Alejo y sus artimañas, siente que algo tenebroso se gesta con su presencia e intenta fútilmente mantener a Ana alejada de su influencia. El despertar sexual de una adolescente está perfectamente perpetuado por Hernández como parte de un proceso sistémico y totalizador que implosiona en Ana, aquella muchacha inocente que poca comunicación tiene con sus padres y que no resulta ajena al desmoronamiento del matrimonio de los mismos.   

Alejo es la prueba viviente que algo pasa al interior de sí misma y que no puede controlar. Lo irresistible de ese cuerpo varonil la impulsa a observar con cautela y desde una distancia relativa, el proceder de ese miembro “desclasado” que la conduce hacia lugares más vulnerables e instintivos. Alejo le sirve de excusa para rebelarse contra sus progenitores, para sentirse más adulta, ignorando asimismo la malicia y manipulación con que su primo cimenta ese vínculo.

Los Sonámbulos es una clara heredera del cine de Lucrecia Martel, la referencia con la película “La Ciénaga” (2001) resulta inevitable, pero con esta relación no nos referimos a una copia burda y mal realizada, sino más bien todo lo contrario. Toma elementos comunes a la misma (reunión familiar, casa, verano) para explayar un entramado que suma dentro de la ecuación el factor del sonambulismo como condición heredada por algunos de sus integrantes (Memé, Ana) para contarnos el letargo existencial en el que vive sumergida esta familia.

Una matriarca que desprecia la opinión de su nuera e inclusive la de sus propios hijos, tres hermanos que no logran coincidir en casi nada, un matrimonio que está en el coletazo final de su subsistencia, adolescentes que poco dialogan con sus mayores, la tensión sexual dentro de los lazos intrafamiliares, la perversión, el alcoholismo, la vagancia, son algunos de los factores expuestos al interior de la película y cristalizados con maestría gracias a la ayuda de una cámara que acompaña el desenlace de sus personajes e incomoda desde el travelling o los primeros planos.

Las fisuras de ese grupo son caracterizadas con fluidez por parte de la totalidad del elenco, siendo las actuaciones otro de sus aspectos más relevantes. Érica Rivas ya ha demostrado sus dotes actorales en el pasado, pero el despertar de esta madre frente a la necesidad imperiosa de su hija y el desmembramiento de su vida conyugal, no se conciben como una transición ligera y pasatista. La elocuencia y sutilezas con que construye e interpela a su personaje son algo digno de conmoción. Los jóvenes Ana (Ornella D’Elia) y Alejo (Rafael Federman) se destacan como novedades dentro del mundo del cine y la química que manifiestan sus personajes es algo innegable y bien articulado.

Los Sonámbulos se erige como una especie de oda hacia el horror, las señales a lo largo del film son bastante claras, las actitudes de sus participantes dan cuenta de esa familia en decadencia, cuyos actos los impulsan hacia una tragedia donde la cadena lamentablemente-y una vez más- se corta por la parte más débil e inocente. El “despertar” de estos sonámbulos se concibe como consecuencia directa de ese letargo contenido, algunas veces sutil y otras veces alevoso, donde la violencia suscitada por sus miembros, no hace más que reforzar la idea de que ese andamiaje está pronto a su caída sin posibilidad alguna de redención.

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