Tras el fenómeno de éxito y aceptación internacional que generó la última película de Alfonso Cuarón, Roma, tal vez sea imprudente confesar que nunca, durante las dos horas quince minutos que dura la cinta, logré entrar en la dimensión espacio-temporal propia que, se supone, abre la obra de arte para quien la contempla. El contexto de la película no podía serme más familiar: colonia Roma, Ciudad de México, años 70; la infancia en el seno de una familia acomodada en la que la nana de extracción indígena se encarga de los niños. Desde el principio identifiqué lo atinado del mobiliario y decoración de la casa, la costumbre de ver barrer el patio con la manguera y perder el pensamiento junto con la espiral del agua que desaparece en la coladera, la expectación ante las maniobras interminables de esos cochezazos que entraban con calzador y obstruían a medias el acceso a la casa, la histeria de ladridos de un perro que nunca ha visto verde y brincotea en patios de mosaico … la presencia del  “profesor Zobec” es un guiño por el que casi me conecto con el mundo de mi niñez. Digo, casi, porque algo me detiene: la secuencia de imágenes preciosistas me sabe artificial. En vez de seducida por una narración, me siento como si hojeara un álbum ajeno de fotos de familia, agrupadas según un inventario de personas y acontecimientos, algunos anexados tiempo después. La mayor incógnita mientras miro la película es, ¿cómo lograron estas imágenes conquistar al jurado del Festival de Cine de Venecia 2018? Quizá sea una carga emocional inconciente de mi propia infancia lo que me impide acercarme a la mirada que, se dice, guía la cámara de Roma, la del niño que representa al propio director. Es por eso que, indagando en el por qué de mi percepción, he querido buscar, entre la escasa crítica en contra que ha suscitado, posibles causas diferentes a la calidad que justifiquen el triunfo sin precedentes de Roma.

            Sin dejar de reconocer la habitual destreza del director de Niños del Hombre para la fotografía y los movimientos de cámara, nada menos en Venecia, algunos críticos cuya opinión se resume en la de Federico Pontiggia, encontraron la obra “demasiado técnica como para lograr emocionar verdaderamente”. Cuarón ha dicho que buscaba reacciones espontáneas, es por ello que eligió su cast entre personas fuera del medio profesional (a excepción de Marina de Tavira, la madre)  y que los hacía llegar al rodaje de cada escena sin conocer más que su parte del guión. Desde mi punto de vista, el resultado es que el orden milimétrico y control hasta cierto punto obsesivo en los desplazamientos de la cámara actúan en contra de  la naturalidad de los personajes. Para el crítico francés Loison el “movimiento suntuoso en los planos secuencia” de Cuarón es un “algoritmo tan imparable como la fórmula marketing de su difusor, Netflix”. A su juicio, el uso de su técnica en la aridez de unas crónica social o lucha de clases mexicana, opresión política y solidaridad femenina es como pretender aprehender la complejidad del mundo en un espectáculo gigante de luz y sonido. Loison dice que la cámara que sigue a Cleo (la nana interpretada por la maestra de origen mixteco, Yalitza Aparicio) avanza sin objetivo definido: “no se sabe si quiere captar los recuerdos de Cuarón niño (aunque en realidad los niños apenas existen en esta película), las emociones de una proletaria en su trabajo (con la dificultad de que la timidez de Cleo hace casi imperceptibles esas emociones), o si con el pretexto de seguirla se desplaza dando cuenta de la tensión en el ambiente (sin aventurarse de lleno en el terreno político).”    

            Una de las premisas del director antes de empezar el proyecto era que reconstruiría la historia y el ambiente a partir de su memoria y, por y para ello, rodaría en blanco y negro. En lo personal, la elección de tal formato –sin duda radiante en esta obra- de cara a los hechos crudos que se narran resulta impuesto, pues condiciona al espectador a entrar en territorio de nostalgias de su propia infancia, como el anuncio de una redención que en realidad no existe. Maher, del Times, en Reino Unido, además de juzgar “profundamente aburrida” a la familia que retrata, dice que la película “se siente insegura en cuanto a lo que trata de decir sobre la vida de Cleo y su estatus.”  David Ocadiz, de Cinergetica, encuentra la historia, “diseñada para gustar a todos los guerreros sedientos de justicia social” y para Richard Brody, del New Yorker, “la trampa de las historias personales es la sensación de que nuestra propia experiencia es suficiente para la amplitud dramática, la visión sicológica y el desarrollo de personajes”. Los argumentos anteriores tienen ecos en mi propia percepción y me animan a confesar que, en mi opinión, la actuación de Yalitza no es convincente. El que hable una lengua de La Mixteca, que por cierto aprendió para este papel, le aporta una veracidad (quizá exotismo a los no mexicanos) fascinante; el que su rostro en sí evoque con elocuencia a las personas del servicio doméstico en México, sobre todo en décadas pasadas, y que su posición de  intimidad sin verdadera pertenencia a la familia debido a su jerarquía social sea un hecho que incomoda profundamente lo mismo en el país que en muchas culturas y pueblos alrededor del mundo donde también existe, no son suficientes, pienso, para construir un personaje en toda su dimensión. Quizá como parte de la campaña publicitaria más cara de la última década, se ha hecho circular la propuesta de que el título de la cinta viene de la palabra “amor” al revés, término tan indefinido que podría abarcar cualquier cosa. En mi opinión, el momento en el que Yalitza cobra vida es cuando la vemos en su cuarto con su compañera criticando a la señora. En cambio, el plano en el que abraza a su bebé muerto contra la inesperada insistencia de los doctores pidiendo se los entregue, anticipa su caída en el silencio inexpresivo del que todo lo sufre y todo lo tolera, silencio que pareciera deber interpretarse como muestra de su virtud. También se ha dicho que Roma es una oda a la solidaridad femenina, yo más bien encuentro interesante el hecho de que las dos, patrona y empleada, sufren la misma situación de abandono. Desde un puesto distinto en la escalera socioeconómica de una sociedad machista, ambas lidian solas tanto con el desamor como con las dificultades determinadas que la vida impone a cada una. En cuanto a las otras mujeres creo que hay poco que decir, quizá, que la presencia de la abuela resulta postiza por lo que entorpece el relato.     

            No quisiera dejar de mencionar el sonido, otra de las cosas que el director de Y tu Mamá también logra recrear de manera sorprendente en Roma. Sergio Diaz, supervisor y editor encargado de este recurso supo captar sin piedad la verdad de la escandalosísima capital mexicana, aunque a ratos ese mismo acierto resta claridad a los diálogos. 

            Es cierto que Roma ha logrado millones de conquistas; no hablo de 171 premios internacionales y 137 nominaciones, sino del público conmovido. Pero quien no comparta ese sentimiento tal vez encuentre algunas razones de su éxito en ciertos detalles de su campaña de promoción y comercialización:

En abril de 2018 se anunció que Netflix había adquirido los derechos de distribución de la película y que la estrenaría en diciembre. Desde este principio se generó una polémica porque el público no podría verla en salas de grandes cadenas como Cinemex y Cinépolis. Hubo algunas sesiones contadas en la Cineteca Nacional y en salas independientes, previstas por Cuarón y por Netflix con equipo especial de proyección, para las que los boletos se agotaron en seguida. Al respecto, el director publicó en Twitter que Roma estaba disponible para quien quisiera exhibirla. Cinépolis contestó pidiendo que Netflix pospusiera el estreno en su plataforma para generar la convencional “ventana de ganancia” durante el tiempo transcurrido entre la exhibición en salas y el lanzamiento en streaming, pero la compañía se negó. Cuando solo unos cuantos la habían visto, la expectativa en torno al célebre título de connotación imperial que sin embargo no revelaba mucho seguía creciendo. Lo mismo pasó en Italia donde se le anunciaba como la mejor obra del creador de Gravedad  tiempo antes de recibir el  León de Oro que el jurado presidido por el también mexicano, amigo de Cuarón, Guillermo del Toro le otorgó. En un momento de México igualmente de grandes expectativas políticas, quizá dicho premio la impulsó para convertirse en un estandarte de los derechos de los indígenas y por extensión de los empleados del servicio doméstico: en noviembre se estrenó en un Festival de Cine en la zona zapatista del estado de Chiapas y del 7 al 11 de diciembre se proyectó gratuitamente en Los Pinos. En diversas funciones especiales se habló sobre las condiciones del trabajo doméstico en México. En algunas de ellas el director y los actores de la cinta invitaron a activistas de organizaciones mexicanas defensoras de los derechos de las trabajadoras domésticas a dar un mensaje. Con su estreno el 14 de diciembre el director lanzó en Twitter la campaña Romatón, en la que animaba a las personas a organizar maratones en sus propias casas y oficinas y a enviar fotografías mediante redes sociales para recibir premios a las más creativas. Igualmente, los productores equiparon un cine móvil en un remolque para llevar la película a ciudades en donde no hay salas de exhibición. Una acción promocional paralela fue la instalación en la Ciudad de México de kioskos de periódico de los años 70, con reproducciones de revistas de 1971 y vendedores vestidos a la usanza de esos años. Se colocaron en los sitios donde se filmó la película y ahí se repartieron cien mil ejemplares de una guía de lugares de rodaje de Roma basada en el diseño de la Guía Roji.​

            Una feroz campaña publicitaria contribuyó en gran parte al éxito de la película. En Italia, por ejemplo, la plataforma de streaming la presenta como: “El ganador del Oscar Alfonso Cuarón ofrece un retrato intenso y conmovedor de la vida de una trabajadora doméstica contra un fondo de tumultos familiares y políticos de los años 70 en México”, pero si es cierto que en realidad contiene todo esto toca a cada espectador decidirlo.

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