En un momento donde las historias íntimas vuelven a sentirse necesarias en la pantalla grande, llega a los cines “La historia del Sonido”, protagonizada por Paul Mescal y Josh O’Connor, una magistral película de amor LGBTQI+ que transforma la música en memoria viva y convierte lo efímero en algo imposible de olvidar.
Nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes, la nueva obra dirigida por Oliver Hermanus propone una experiencia sensible y envolvente, donde las melodías no solo acompañan la historia, sino que la sostienen y la movilizan. Un relato que no solo le da importancia a los sonidos con las interpretaciones magistrales de sus protagonistas, sino que entiende a la música como refugio, lenguaje secreto entre dos personas y una huella invisible que permanece cuando todo lo demás parece desvanecerse.
Esta producción sumerge al espectador en la vida de Lionel y David, dos jóvenes que se conocen casi sin buscarlo en un recreo del conservatorio de música al que asistían en Boston. Entre vasos casi vacíos, partituras bajo el brazo y el murmullo de otros estudiantes liberándose del estrés en un bar cercano, Lionel escucha a lo lejos una melodía que le resulta imposible de ignorar. Es una canción que lo devuelve directo a su infancia en la granja familiar, a esos momentos en que su padre tocaba para él sin saber que sembraba memoria.
Al acercarse, descubre a David frente a un viejo teclado, interpretando esa misma canción que él creía que nadie conocía. Esa coincidencia mínima se convierte en el inicio de un vínculo que crece entre ensayos compartidos, deseo contenido y silencios que dicen más que cualquier declaración. Juntos emprenden un proyecto casi íntimo y artesanal: recorrer pueblos para registrar esas canciones ancestrales que viven en la mente de sus habitantes. A continuación, 3 razones por las que debés verla en cines.
1- La sensibilidad de los actores

Tanto Paul Mescal como Josh O’Connor tienen una cualidad que no todos logran: hacer que la emoción se sienta antes de que se diga, con tanta soltura. No necesitan grandes discursos para transmitir angustia, deseo o esa tristeza silenciosa que se instala en el cuerpo; les alcanza con una mirada sostenida, una respiración contenida o una pausa incómoda. Hay algo muy orgánico en la forma en que habitan a Lionel y David, como si no actuaran sino simplemente atraviesan lo que les pasa.
Ambos logran personificar el amor con la misma intensidad con la que muestran la ansiedad o el miedo a perderse en el otro. Sus interpretaciones construyen personajes vulnerables, llenos de matices, y hacen que cada gesto tenga peso.
2- La música es una experiencia sensorial

En esta producción, la música se siente en el cuerpo. Las voces de los protagonistas tienen una textura tan cercana que, en la sala de cine, cada respiración y cada vibración parecen rozarte la piel. Hay momentos en los que el sonido es tan limpio y envolvente que eriza, como si la canción fuera interpretada a pocos metros o en tu oído.
Cada nota está puesta con intención, y el diseño acústico hace que el espectador no sea solo testigo, sino parte de esa intimidad. La sonoridad sensibiliza, conmueve y, por momentos, deja un vacío cargado que pesa más que cualquier diálogo. Es de esas experiencias que justifican verla en el cine, lo transforma todo y convierte la historia en algo profundamente físico y emocional.
3- La estética de antaño hace viajar en el tiempo

La película tiene esa majestuosidad visual que remite al cine de antes, a esas historias donde todo parecía más pausado y sentido. Entre encuadres clásicos, luces suaves y escenarios que respiran nostalgia, hay una sensación constante de mirar algo que podría haberse filmado décadas atrás. No es solo una cuestión de vestuario o ambientación, sino una decisión estética que conecta con una forma más romántica y artesanal de contar.
Esa vibra retro despierta recuerdos de películas donde las emociones se cocinaban a fuego lento, donde una mirada duraba más que una conversación. Y en ese viaje al pasado, la historia se vuelve todavía más intensa, porque nos recuerda por qué el cine, cuando apuesta a la sensibilidad y a los detalles, puede sentirse eterno.












































