Se estrenó “La Deuda”, la nueva película de Gustavo Fontán que trae una propuesta diferente a lo que venimos viendo del cine nacional y hablamos con él al respecto.

El film cuenta la historia de Mónica (Belén Blanco), una mujer que no realizó unos pagos de un cliente de la oficina en la que trabaja. Los quince mil pesos que faltan no solo la comprometen a ella sino también a un compañero, que es quien descubre la falta. Mónica al comprometerse a reponer la suma de dinero a la mañana siguiente, se mete en un viaje de 14 horas en el cual se sumergirá en la crudeza de la relaciones humanas.

¿Por qué decidiste contar esta historia?

Hace algunos años, cuando yo vivía en Banfield todavía, una mañana habían abandonado dos gatitos en una especie de jardín. Una mujer pasa y los acaricia, pero cuando se va uno de ellos va tras ella. Al momento de cruzar la mujer lo ve, lo recoge y lo pone de vuelta en el jardín con los otros. Después hace un gesto curioso, como si tratara de engañar al gato, corre y cruza la calle. Obvio que el gato fue tras ella y lo pisó u auto. Entonces me quedó esa imagen durante mucha tiempo y el lugar de la ternura. Dónde está aquella ternura y como la derecha avanza frente al mundo. El tema del dinero, como nos afecta a los seres humanos, esa confluencia de cosas, profundizó esa cosa con la ternura y me llevó a preguntarme qué pasa con los vínculos humanos atravesados por el dinero. ¿Qué pasa con esa deshumanización que nos produce ese dinero?

Al fin y al acabo es una película acerca de las relaciones interpersonales que presenta muchos personajes diferentes. Vos, como director, ¿cómo manejaste esa creación de vínculos?

Bueno, los actores los elegimos junto a Lita, que es la productora. No hicimos casting, no me interesa porque uno tiene materiales para ver los actores. Quién teníamos que decidir primero era Mónica y cuando tuvimos el encuentro con Belén entendimos perfectamente que era ella. Después fuimos eligiendo a los otros actores y el trabajo con ellos fue espectacular. Se prestaron a algo que para mi es ultra importante en el cine que es que lo que se dice debe ir acompañado también por lo que no se dice. El trabajo es esa combinación y fue muy fuerte porque eso es lo indispensable para crear los vínculos humanos, que son de lo más complejo que hay.

Hay algo muy peculiar en la película que es el uso del silencio ¿qué podes decir sobre ello?

Para mi los silencios son un signo de lenguaje muy poderoso. Pero el silencio vale dependiendo del momento en el que aparece, porque en cualquier lado no adquiere la profundidad dramática. Tiene que ir después de algo que lo llene, para que el espectador pueda participar también de ello. Hay algo del montaje en donde tenés que enganchar bien el momento donde ponerlo. El espacio también, cómo se habilita, cuándo empieza a ser parte de la construcción subjetiva de los personajes.

También hay dos personajes omnipresentes que son la noche y el tiempo, ¿cómo manejaste la locación y la temporalidad?

Está muy bien esa observación. Es una película nocturna, aunque empiece de día y termine de día, es un escenario nocturno. Es el conurbano también pero nosotros trabajamos con un concepto que es la idea de territorio, digamos nos apropiamos del espacio que tomamos de la realidad pero luego lo consideramos un territorio. Ese viaje nocturno nosotros lo pensamos con un viaje hacia el desierto, desde la ciudad que para el ser humano es hostil. El espacio empieza a funcionar en ese sentido. El tiempo por un lado es esa tensión dramática de hay que cumplir, pero por otro lado es la subjetividad del personaje y que si lo consigue o no, hay algo de derrota y cansancio.

Por último, ¿por qué la gente tiene que venir a ver La Deuda?

¡Porque es hermosa! ¿Qué va a hacer en su casa si no?

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